La transición del terapeuta¹ ²

Nicolás Evzonas3

Resumen

Deseoso de tomar distancia, él mismo, del maltrato clínico y la arrogancia teórica mostrada hacia una población con variantes de género, un investigador clínico masculino, autoidentificado de género cis, narra sus vivencias, dificultades y dudas desde el punto psicoanalítico en sus interacciones con un adulto transgénero en un entorno institucional. De este modo, aborda desde una perspectiva pluralista las preocupaciones intrapsíquicas y normas socioculturales que contribuyen al sufrimiento del paciente, así como la propia vulnerabilidad del terapeuta y sus desafíos contratransferenciales en esta situación. Reflexionando sobre las mismas trampas en las que cayó al escribir una versión anterior de este artículo, el autor propone una narrativa enfocada, re-trabajada con su supervisor, proporcionando al lector una advertencia sobre la facilidad con que los esfuerzos de un analista por comprender pueden derivar en objetivaciones incrustadas en la historia del pensamiento analítico.

Este artículo tiene como objetivo optimizar el tratamiento psicodinámico de adultos con variantes de género. Al contrario de numerosos estudios clínicos orientados analíticamente (Castel, 2003, Chiland, 2011, Czermak & Frignet, 1996, Lothstein, 1983, Stoller, 1968), evito considerar a las personas de género atípico como una entidad clínica predefinida, y en cambio las concibo como un grupo social fluctuante y diversificado. La agresividad no expresada y la “ansiedad regulatoria” (Corbett, 2009) que se desprenden de numerosos estudios metapsicológicos sobre esta población vulnerable a través de las normas hegemónicas (Castel, 2003, Chile, 2011, Czermak y Frignet, 1996, Mercader, 1994, Oppenheimer, 1991), por no mencionar la actitud lamentable de ciertos profesionales de la salud mental, según lo informado por mis pacientes, me persuadió de emprender este camino con la esperanza de mejorar la reflexión crítica sobre la postura analítica.

            Permítanme enfatizar desde el principio que un impacto no mentalizado de la contratransferencia clínica a menudo se perpetúa a través de lo que puede llamarse “una contratransferencia teórica violenta” (Ayouch, 2005, p. 310), es decir, conceptos nocivos propensos a generar sujetos y subjetividades sufrientes a través del poder performativo del discurso (Butler, 1997). En mi opinión, la colonización de la población transgénero por parte de profesionales que no solo “insertan interpretaciones mezcladas con ansiedades no procesadas” (Hunsbury, 2017, p. 398), y que además aplican etiquetas patologizantes /es/ solo una mera metáfora; también es un acto político que puede conducir al ostracismo social y amplificar la angustia.

            Mi punto de vista (Haraway, 1988, Harding, 1993) a lo largo de este artículo es el de un clínico-investigador de género cis que lleva a cabo sesiones de terapia individual con adultos identificados como trans en un ámbito institucional. Este trabajo, orientado por la transferencia analítica, fue supervisado periódicamente por un supervisor externo, mientras que el material clínico se discutió ocasionalmente con compañeros en un entorno de entrevistas. Más concretamente, la contribución actual se basa principalmente en conceptos metapsicológicos y, además, en estudios feministas, culturales y de género, que comparten mis experiencias, dificultades y dudas en el marco de entrevistas clínicas individuales cara a cara con un joven trans que terminó prematuramente nuestra relación transferencial. Estas sesiones fueron concebidas como un posible compromiso con la psicoterapia, similar a las consultas terapéuticas practicadas por Winnicott (1971) o las sesiones preliminares consideradas por Freud (1913) como parte del tratamiento analítico.

            La historia de esta contribución está indisolublemente ligada al objetivo de enfatizar los insidiosos riesgos de la contratransferencia. Hace tres años escribí un artículo en francés basado en mi experiencia analítica con un adulto al que se hace referencia aquí como Cal, que en realidad fue mi primer paciente transgénero. Mi objetivo era mostrar que a pesar de una orientación teóricamente progresista con respecto al género y la sexualidad, la realidad clínica con sujetos de género atípico podría ser un asunto mucho más complejo, porque, como nos recuerda André (2018), el inconsciente no es democrático ni políticamente correcto. La primera versión de mi manuscrito había sido publicada en francés en una revista psicoanalítica freudiana belga revisada por pares (Evzonas, 2018b) y en portugués en una revista lacaniana brasileña (Evzonas, 2018a); consideré que mis tesis habían sido avaladas translingüística y transmetapsicológicamente, por lo que mi objetivo había sido completamente logrado. No obstante, surgieron algunas dudas cuando presenté una versión abreviada de mi contribución original en una conferencia, y un colega de la audiencia observó que mis declaraciones eran atractivas pero distantes de la experiencia del paciente. Entonces comencé a preguntarme si mis conclusiones estaban ancladas en supuestos sofisticados en lugar de estar en el material clínico. Mientras tanto, traté analíticamente a otros pacientes transgénero, supervisando mi trabajo, y continué leyendo extensamente sobre identidades trans.

            Teniendo en cuenta los elementos anteriores, decidí reescribir mi relación transferencial con Cal en un nuevo idioma, tanto literal como metafóricamente, es decir, en inglés y en términos más cercanos a la experiencia y que a su vez reflejaran mi propia experiencia. Por lo tanto, intento reflexionar sobre las mismas trampas en las que caí al escribir la versión anterior de este artículo. Una narrativa así enfocada podría proporcionar al lector una advertencia sobre la facilidad con la que los esfuerzos de un clínico por comprender pueden derivar en objetivaciones enquistadas en la historia del pensamiento analítico. Desde esta perspectiva, mi contribución actualizada, que está re-trabajada con mi supervisor, constituye un meta análisis y una puesta en abismo de mi contratransferencia.

            Se necesita otra aclaración aquí: debido a que reconsideré completamente el pulso narrativo de mi manuscrito original, modifiqué también su título. En lugar de un título complicado centrado en la subjetividad de Cal, “L’enfant donneur o le sublimateur du genre: un transfert prématurément interrompu” [“El bebé de diseño o el sublimador de género: una transferencia prematuramente interrumpida”], elegí un título más evocador: “La transición del terapeuta” (juego intencionado de palabras). Moviendo el cursor desde el paciente al clínico, el lector puede observar que cuando no se resuelven los desafíos contratransferenciales, estos pueden contribuir a la terminación de la terapia.

            Permítanme completar estas observaciones preliminares citando a Aulagnier (1984): “El relato de un caso clínico expone al analista, su teoría y práctica, mucho más de lo que cualquier texto teórico puede hacerlo” (p. 13). Por lo tanto, ¿centrarse en la contratransferencia no sería la mejor forma de exponerse uno mismo? Sin embargo, estoy dispuesto a tomar este riesgo porque deseo distanciarme de la posición más cómoda de criticar la postura de otros analistas. También deseo distanciarme del clínico heroico e idealizado, libre de conflicto, retraído en su arrogante conocimiento y postura infalible. Sin embargo, mi principal intención es destacar mis propias contradicciones con respecto a las identidades trans para que otros terapeutas puedan beneficiarse de mi proceso de transformación interna.

A merced de los “padres combinados”

Cal, de veintitantos años, me fue remitido por el psiquiatra institucional para el acompañamiento psicológico en vista de su transición de mujer a hombre. En su relato inmediatamente se hizo evidente el lugar predominante que ocupaba su madre. El paciente comenzó su narración contando su experiencia con sus anteriores terapeutas. Mencionó que su genitora (ver mi comentario posterior sobre mi uso de la palabra genitrix [genitora] en lugar del término apropiado mère [madre]), después de saber que su hijo había consultado al psicólogo de la escuela se apresuró a intervenir. Irritada por su incapacidad para convencer a este último de que le hiciera saber el contenido de la sesión, prohibió estrictamente a Cal que viera a un psiquiatra a menos que ella misma hubiera elegido al especialista.

            En la siguiente sesión me confió que no quería que su madre se enterase de sus entrevistas conmigo porque odiaba a los “psiquiatras” ya que “prescriben medicamentos para la ansiedad en exceso e inventan enfermedades que no existen”; sin embargo, ella aprobaba el tratamiento psiquiátrico de su hermana esquizofrénica, la tía de Cal. Esto me llevó a creer que Mme. Mère [Señora Madre] (ver mi comentario posterior sobre mi uso de la expresión “Mme. Mère” [Señora Madre] en lugar de mère [madre]) tenía una visión sesgada de los profesionales de la salud mental, ya que el problema real era su dificultad para aceptar la autonomía de su hijo y la presencia de un otro que evite la fusión. ¿Su reacción frente al psicólogo de la escuela estaría revelando ese miedo oculto tras el velo de la intromisión? No obstante, me contenté con resaltar la importancia para Cal de crear su propio espacio y protegerse de cualquier interferencia.

            Durante nuestra tercera sesión, Cal, al regresar a su casa luego de una visita a un familiar en el extranjero, reveló que su madre, “que siempre sabe lo que pasa por [mi] mente”, le hizo confesar que estaba viendo a un terapeuta. Después de contarle sobre el contenido de nuestras sesiones, su madre reaccionó así: “Bueno, entonces, finalmente un psiquiatra que no cree todas tus mentiras sobre tu supuesta transexualidad y que las analiza críticamente”. Esta respuesta me halagó ingenuamente en ese momento, pero el respaldo de Mme. Mère fue un mal presagio para la continuidad de nuestros encuentros.

            Otros elementos surgieron a lo largo de las sesiones para indicar que el paciente estaba completamente abrumado por su madre y dependiente de lo que ella dijera. El final de la primera hora de sesión concluyó con Cal llorando después de abordar el tema de la dependencia económica de su madre, sin duda una fachada de su dependencia psicológica. Por esta razón, al comienzo de la segunda sesión, afirmó que treinta minutos sería tiempo suficiente para “terapia”, y agregó: “No quiero ocupar demasiado de su tiempo, ya que ciertamente hay otras personas con problemas mucho más serios que el mío”. Reconocí, en función de la sesión anterior, que aquí Cal reproducía transferencialmente el discurso de su genitora: “Esta tontería sobre tu transexualidad es un lujo para alguien sin preocupaciones y con demasiado tiempo para pensar”. Señalé este enlace, lo que llevó a Cal a confiar en que estaba “sumergido por problemas con su madre” —inundado por la Madre, lo que permitiría entender su deseo de acortar la sesión.

            Lo invité a resumir su transgénero en sus propias palabras, tema que posteriormente introdujo en cada sesión, aunque le resultaba complicado percibirse a sí mismo sin hacerse eco de su ascendencia. De hecho sugirió variaciones en la siguiente respuesta: “Mi madre amalgama ideas diferentes, dado que ella cree que mi auto-persuasión de que soy un hombre se basa en mi sensación general de malestar; yo era precoz, tenía una estrecha amistad con una chica, era antisocial y estaba deprimida, por lo que no pude encontrar mi lugar en la sociedad…”. Cuando lo animé a romper esta celosía y a decir lo que él mismo pensaba de la “amalgama” para interpretar su transgénero, citó ejemplos de su torpeza social y reiteró su convicción sobre ser un hombre. En otra ocasión, mencionando a Dios que le había otorgado erróneamente el cuerpo de una mujer, discutió la educación religiosa proporcionada por su madre, que fundada en el principio de la inutilidad de la vida terrestre, lo había llevado al borde del suicidio en su adolescencia, corroborando el discurso santificado de su genitora. En una sesión, afirmó que su madre siempre había repetido que “no había distinción entre hombre y mujer”, admitiendo que se había tomado esto literalmente cuando él era joven. Como consecuencia, cada vez que tomaba un baño con sus hermanos, no veía ninguna diferencia entre sus genitales, ya que a su vista se asemejaban a “una variación como el color del cabello”.

            Refiriéndose Cal a una lista de posibles nombres masculinos para completar su transición, citó un nombre extranjero que se le habría dado si hubiera nacido niño. Significativamente, Cal tuvo acceso a esta información cuando su madre estaba embarazada de su hermana menor; incluso había expresado su pesar por no poder bautizarla con ese nombre. ¿No podríamos imaginar que esta mujer expresara su deseo de un hijo en lugar de una hija y que Cal, al ponderar este nombre para su segundo bautismo y, más aún, al elegir la “transición” a un hombre cumplía el deseo maternal? En otras palabras, ¿su transgénero no podría significar su incorporación del discurso materno, que desmitificaba “la diferencias de los sexos”? (Prokhoris, 2000).

            Vale la pena señalar aquí que el significante “padre” solo surgió en la cuarta sesión, alternando entre sintagmas indiferenciados como “mis padres dijeron” y “mis padres pensarán”. Hasta ese momento, tuve la impresión de que el padre de Cal estaba muerto o simplemente ausente, pero descubrí que vivía en la casa conyugal, aunque, hablando discursivamente, estaba confundido con su esposa. A menudo traté de diferenciarlos invitando a Cal a individualizar sus comentarios, pero esta “figura parental combinada” resultó ser pertinaz. Del mismo modo, cuando habló de su tía enferma le pregunté a qué tía se refería, solo para recibir una refutación seca: “cuando hablo de mis padres, siempre me refiero al lado de mi madre porque no tengo ninguna relación con el lado paterno de mi familia”.

            Un imperialismo materno absorbió cualquier referencia al padre, y cada vez que mostraba su rostro, era solo para glorificar la supremacía de Mme. Mère: “Deberías escuchar a tu madre”; “Tu madre siempre tiene la razón”; “Hablaré con tu madre, ella sabe más sobre el tema que yo”.

            A través de este indistinguible “dicen mis padres”, descubrí que el padre de Cal apoyó los puntos de vista de su esposa sin desafiarlos ni desempeñar su esperado rol de separador. Cal reaccionó admitiendo que su padre siempre estaba ausente, incluso cuando estaba físicamente presente, dejándolo solo en la guarida del león, por así decirlo, abandonado en un “calabozo infernal” con una madre a quien había temido visceralmente desde la infancia. La fantasía kleiniana de la madre devoradora no podría describirse más explícitamente aquí. Cal también me dijo que recientemente, cuando regresó a casa de sus vacaciones, experimentó una dura prueba: compartir un dormitorio con su madre, ya que a ella “le gustaba la complicidad entre madre e ‘hija’, entre ‘mujeres’ que comparten los secretos de sus cuerpos desnudos”, lo que implica que su padre no tenía lugar en esta interacción homoerótica inundada de angustia. A pesar de esta exclusión, la figura paterna esbozada en los comentarios de Cal —apagada, inconsistente y exiliada del dormitorio— parecía consumida por completo por la madre e incluso incorporada a ella.4 En términos kleinianos, se podría hablar de una negación del coito parental dado que los padres son comprimidos y reducidos a una sola figura, tanto más monstruosa ya que son el custodio de proyecciones agresivas. 

 

Lectura post hoc

Mirando hacia atrás mi análisis, lo que más me llama la atención es mi fuerte visión negativa de la pareja de los padres, especialmente la dominante y envolvente madre sin respeto por la necesidad de diferenciación y autonomía de Cal. Esta actitud es comprensible hasta cierto punto, dada la relación de Cal con su madre, aunque parece problemático en la medida en que es bastante unidimensional sin cualquier intento de comprender su perspectiva o antecedentes. Descubro aquí lo que Stoller (1968) llama “una sobreidentificación con el paciente”, que parece ocultar mi propia ira hacia la madre. Por lo tanto, mi tono resuena sin modulación, refiriéndose a ella alternativamente como “genitora” o “Mme. Mère”. Cuando en la supervisión mis compañeros, que revisaron el manuscrito original en francés, me preguntaron por qué insistí en mantener estos términos que eran inapropiados en su opinión, argumenté que estaba buscando variar mi vocabulario y darle un tono lúdico a mi narrativa. Sin embargo, el texto que acompañaba deja una impresión diferente, que ahora puedo captar. Por ejemplo, la frase: “Un imperialismo materno absorbió cualquier referencia al padre, y cada vez que mostraba su rostro era solo para glorificar la supremacía de Mme. Mère”, con su frívolo pero poderoso lenguaje, traiciona mi contratransferencia negativa no examinada hacia la madre de Cal. También me sorprende un poco que hasta la cuarta sesión hubiera asumido que el padre de Cal, como el cónyuge subordinado y no involucrado, podría estar muerto, especialmente porque es una práctica clínica común preguntar sobre tales asuntos familiares fundamentales durante el curso en una consulta inicial. ¿Mi falta de experiencia en ese momento justifica esta afirmación? Además, el título “genitor” como designación de padre junto con “Mme. Mère” y “genitora”, resuenan de una manera extraña y condescendiente, presagiando así mi eventual crisis contratransferencial y la terminación prematura de la terapia.

El mito personal del nacimiento monstruoso

Pasemos ahora a un motivo que surgió en varias sesiones y resultó ser la piedra angular de la organización fantasmática de Cal. Durante la primera entrevista, el paciente mencionó que cada vez que su madre comentaba sobre su identidad transgénero, no dejaba de repetirle que quería convertirse en un monstruo, que le parecía algo iatrogénico (Chiland, 2011) y mediagénico (Espineira, 2015), cliché de la androginia de una época pasada (Foucault, 1974-1975). Sin embargo, surgió una variación interesante en la cuarta sesión: “Mis padres me dicen que estoy mentalmente trastornado y soy un monstruo”. El paciente luego se corrigió a sí mismo: “Eso significa que me convertiré en un monstruo si me operan”. Esto me llevó a formular la hipótesis (no compartida con Cal) con respecto a la “preconcepción” de una monstruosa descendencia, enmascarada por una monstruosidad secundaria atribuida a la transgenitalización. En otras palabras, esta fantasía de una concepción espantosa fue transmitida al paciente por sus “padres combinados”. La sesión terminó con una referencia al matrimonio entre personas del mismo sexo, fuertemente repudiado por Mme. Mère. Cuando le pregunté su opinión al respecto, Cal explicó así: “lo que realmente me pregunto es sobre la adopción por parte de los homosexuales, ya que la paternidad es un tema importante y doloroso”. 

            Es interesante que Cal comenzara la siguiente sesión hablando de su último encuentro con su psiquiatra quien, antes de darle luz verde para su transformación física (hormonoterapia, mastectomía e histerectomía), le aconsejó que pensara sobre la posibilidad de una recuperación de ovocitos. El resurgimiento del significante “paternidad” lleva a Cal a recordar una adaptación teatral de Frankenstein, que describe “la fabricación de monstruos bebés que escapan del control del creador y falla al no cumplir con sus expectativas”. Señalé que su descripción de la obra resumía sus propios problemas con respecto a su identidad transgénero y su preocupación por exasperar a sus padres a través de su recurso a intervenciones médicas. También afirmé que “todos los niños aspiran a ser autónomos y romper con el dominio paterno”, aludiendo así a su deseo de convertirse en hombre para desprenderse de su madre-padre. Su reacción instantánea fue recordar a la esposa del Dr. Frankenstein, quien condenó la anormal fabricación de sus criaturas y le recordó a su marido que los hijos siempre deben salir de un útero. 

            Mientras Cal citaba a ambas figuras parentales aquí, la reproducción asexual se hizo eco de los “dormitorios separados” de sus padres y la fantasía de una madre “combinada” monstruosamente potente. El recuerdo de la obra evoca claramente el problema de los orígenes. Recordemos el desliz lingüístico “mis padres dicen que soy un monstruo”, que traiciona la opinión de sus padres sobre él, es decir, lo que imagina que piensan sobre él. ¿Frankenstein no miró a su horrible criatura con abominación tan pronto como fue “llevada al mundo”?

            Estos elementos sugieren “un mito de nacimiento personal” (Le Poulichet, 2018), que se diferencia de las típicas teorías sexuales infantiles. Según Freud (1908), es el intento de explicar el origen de los niños, y su función sería la de intentar negar la diferencia sexual y la castración, así como controlar la amenaza planteada por el posible nacimiento de un rival fraterno. Sin embargo, con el mito del nacimiento personal, “la cuestión es más fundamental, se trata sobre todo de poder imaginarse en el mundo de los vivos a través de una forma de filiación” (Le Poulichet, 2018, p. 38). También podemos distinguir el nacimiento personal como un mito de la fantasía de la escena primaria en la que el niño presencia o imagina el apareamiento de los padres. Por el contrario, en el primer caso, los sujetos utilizan elementos más míticos, y la dimensión de la sexualidad entre los padres parece negarse. 

Cuando los sujetos, cuyos progenitores a menudo presentan una forma de desunión, se niegan parcialmente a reconocer su linaje con sus padres, asociando este rechazo a su rechazo o condena, su composición de una escena primaria va acompañada de defensas específicas… Una dimensión mítica puede reemplazar parcialmente la representación de la filiación cuando es difícil de investir, pero esto no da lugar a un delirio que indique una desconexión real de la realidad (Le Poulichet, 2018, pp. 40-41).

 

            El material ofrecido por Cal me llevó a pensar en la dirección de un mito personal de nacimiento. A través de sus asociaciones, discerní la idea de una concepción para-humana y su significación teratológica como originalmente instalada por sus padres: una criatura abyecta compuesta de carne muerta, como lo narra el mito de Frankenstein.

            La siguiente sesión brindó apoyo adicional a esta hipótesis. Volviendo a la lista de nombres para su estado futuro como hombre, Cal citó el nombre de pila “Calibán”, solo para inmediatamente rechazarlo. En retrospectiva, después de la sesión, pensé en el homónimo hombre bestial de La tempestad, nacido deforme tras haber sido abortado por una bruja omnipotente. En este contexto, la experiencia transgénero parecía estar entrelazada con la fantasía de un nacimiento monstruoso y la identificación con los muertos.

            Volviendo al tema de su transformación quirúrgica en la siguiente sesión, Cal hizo un aporte interesante, que transcribo a continuación: 

            “En el espejo veo el cuerpo de un hombre con defectos. Un espejo deformado”.

            “Eso me recuerda a Calibán, de La tempestad, a quien mencionaste la última vez. Es una figura deformada”. 

            “Y asexual en la producción que vi. También escuché que Calibán es el anagrama de caníbal”.

            “Ah, caníbal: ¿Qué te trae eso a la mente?”

            “Hannibal Lecter”.

            “¿Te refieres a la película El silencio de los inocentes, en la que una mujer trans hace ropa con la piel de mujeres asesinadas?”

            “Estaba pensando en el psiquiatra Hannibal Lecter en la serie de televisión. ¡Ahí vas! ¡Has marcado la casilla psicológica de ‘caníbal’!”

            En ese momento, no sospeché que el psiquiatra caníbal me aludiera, ya que probablemente lo “canibalicé” con mis preguntas y mi curiosidad innegablemente excesivas o apresuradas con el fin de confirmar mi hipótesis sobre el vínculo entre su identidad transgénero, la fantasía de su monstruoso nacimiento y su identificación con los muertos. Independientemente de mi error, seguía pensando que el hilo asociativo de las sesiones conducía inexorablemente a la percepción de Cal de sí mismo como una criatura deformada, asexualmente derivada de una aterradora figura mítica: los padres combinados, la bruja matriarcal de La tempestad (la madre de Calibán), y quizás el asesino serial transgénero de El silencio de los inocentes; esta imagen del Yo es la que Cal deseaba reparar mediante la cirugía, en sus propias palabras: “Hay una discrepancia entre lo que ven los demás y lo que soy yo, esto debe alinearse”. ¿Esta disparidad entre el sentimiento de ser y la mirada de los demás no imita una experiencia especular pasada?

            Aquí me basaré en ciertas teorías analíticas para dilucidar la hipótesis antes mencionada. Ampliando la interpretación de Lacan (1949) de la especularidad, que apuntaba a la diferencia entre el cuerpo orgánico y el cuerpo percibido en el espejo o la mirada del otro, Winnicott (1967) postuló la existencia de un espejo primario, encarnado por el rostro materno, que es capaz de reflejar los estados internos del bebé y crea la sensación de existir. Si los niños no se reflejan en este espejo, entonces él o ella experimentan la amenaza del caos. Desde esta perspectiva, Lemma (2013, p. 279) argumentó que algunos individuos transgénero han sido tomados visual y mentalmente por figuras primarias de apego en un estado de incongruencia, de ahí su dificultad para habitar en sus cuerpos: “La difícil situación del transexual expone, quizá de la manera más extrema, el desafío del desarrollo que tenemos que negociar y al que debemos encontrar soluciones comprometedoras, a saber, cómo transformar el cuerpo que uno tiene en el cuerpo que uno es” (p. 279). Le Poulichet (2003) teorizó ampliamente estas “experiencias de des-mirar” en los adultos y las relacionó con la ansiedad infantil con respecto a la pérdida de forma, lo que se denomina “terrores de la falta de forma”: “Paralelamente al reconocimiento deficiente de la imagen por un otro primordial, son de hecho las imágenes de muerte, caída o descomposición de un otro parental las que resultan decisivas en la presentación clínica de la falta de forma […]. En el corazón de este terror, el niño inconscientemente se identifica con esta parte mortificada o descompuesta del otro parental” (p. 36). Yendo más allá, Linhares (2004) concibió la “cirugía transexual” como una estrategia destinada a contrarrestar estas amenazas de eclipse especular e identificación con la nada al delinear un contorno alrededor de la falta de forma: “En estas circunstancias, a menudo es una parte del cuerpo que parece fea o ajena al Yo. Es como si esta misma experiencia de deformidad al mismo tiempo sirviera para proteger al sujeto de la completa pérdida de forma, para circunscribirla, por así decirlo” (p. 73). Según Linhares (2004), la representación de la castración, enfatizada en ciertos casos transgénero, “se refiere más a una experiencia de curiosidad que a la angustia de la castración ligada a la diferencia de sexos. Por tanto, esto implicaría un desplazamiento de arriba hacia abajo” (p. 80). Linhares (2005) también enfatizó la oposición animado/inanimado que prevalece en algunos discursos transgénero, siendo la polaridad masculino/femenino solo una sustitución secundaria (p. 47). 

            A la luz de estas premisas metapsicológicas, podemos argumentar que la vacilante imagen de Cal del Yo en el espejo resultó de la interiorización de la mirada mortificante de sus “padres combinados”, como lo revela su condena (“eres un monstruo”). Se esconde detrás de la crítica a su transgénero (“te convertirás en un monstruo”), que se puede interpretar como un recuerdo encubridor. También se podría argumentar que la violencia actual del discurso de los padres enmascara su violencia primordial y crea el efecto de un “trauma acumulativo” (Khan, 1963). Teniendo en cuenta la ambivalencia de la madre de Cal con respecto al sexo de sus hijas, no olvidemos el nombre del niño con el que ella estaba “obsesionada” durante sus embarazos y su lamentable renuncia después de dar a luz a una niña; creo que la monstruosa consideración inicial de Cal estaba relacionada precisamente con su género. La asexualidad del Calibán deformado, un detalle recordado por el paciente, mejoraría esta conexión entre (a) sexual y malformaciones.

            Siguiendo este análisis hasta su conclusión lógica, la cirugía de cambio prevista por Cal estaría motivada por un deseo inconsciente de rectificar esa monstruosidad especularmente absorbida, impregnada de muerte o, si se prefiere, hacer desaparecer una forma (senos, aparato reproductor) para no desvanecerse en el terror de la falta de forma (como la identificación con la nada impulsada por la mirada de los padres). Simultáneamente, se esforzaría para escapar del dominio de un agente materno abrumador —madre-padre— mientras, paradójicamente, se ajustaba a sus expectativas inconscientes: cambio de género, “donación de órganos” y conforme a la fantasía del “bebé de diseño” va así condenado a sacrificar partes de su cuerpo para existir para sus padres. Aquí yo tomo prestada la metáfora del “bebé de diseño” de Le Poulichet (2010), quien se inspiró en la concepción de niños usando un cribado genético in vitro para donar células madre a un hermano mayor afectado por una enfermedad hereditaria. Le Poulichet consideró la representación fantasmal del “bebé de diseño” como “la amenaza de los vivos” (“la menace du vivant”), que define la angustia que obliga a los padres a reducir al niño a un objeto controlable que no podría dirigir su propia vida y su deseo.

            Esta angustia hace que no puedan reconocer plenamente la expresión de vida del niño, que indudablemente está separado de ellos, ya que esto inconscientemente podría ponerlos en peligro. En consecuencia el “bebé de diseño”, con el fin de reparar o compensar a los padres y hacer frente a esta amenaza de los vivos, se ve obligado a permanecer parcialmente inanimado, tener múltiples zonas de inhibición, ocupar solo una parte de su cuerpo y existir simplemente como un “donante de órganos”. En mi opinión, las transformaciones médicas previstas por Cal se sustentaron en esta lógica inconsciente.

 

Lectura post hoc 

Hoy no estoy tan seguro de que aquello que consideraba perfectamente la “conclusión lógica” en el párrafo anterior esté necesariamente emparejado con la verdad subjetiva del paciente. Mientras que la lógica puede ser brillantemente inteligente, ¿conduce necesariamente a la verdad? De hecho, la terminación prematura de la terapia no le permitió a Cal “confirmar” la construcción antes mencionada, en el sentido freudiano de la producción de nuevo material y la inducción de cambio psíquico (Freud, 1937). No obstante, en otros pacientes transgénero he podido notar un mito personal de filiación monstruosa, divina o virginal, acompañada de una negación persistente de la sexualidad de los padres, como en el caso de Cal. Ocasionalmente, el mito fundacional de la autogénesis parece ser lo más destacado. Teniendo dicho esto, cuando compuse la versión original de mi artículo insinué que el fracaso del desarrollo del espejo descripto en la sección anterior era consustancial con la identidad transgénero. Tiendo a creer que este razonamiento fue el subproducto de una lógica orientada por una normativa cis y una metapsicología unipersonal. Mis nuevas experiencias analíticas con pacientes no trans (adolescentes anoréxicos, drogadictos y adictos a la cirugía) me hacen dar cuenta de que la representación del “bebé de diseño”, así como el “mito personal del nacimiento” pueden surgir en varias configuraciones clínicas que no necesariamente cumplen con el binario transgénero/cis-género. Principalmente, estas construcciones fantásticas deben recomponerse dentro de una metapsicología entre dos personas y no ser interpretadas por el terapeuta si el paciente no realiza ninguna asociación. Por tanto, me inclino a reconsiderar el “excepcionalísimo trans”5 evitando la distinción radical entre cirugías trans y cirugías cosméticas que mejoran el género de las personas cis.

Del deseo agénero al ideal de hombre 

Antes de descubrir el término “transgénero” en un sitio web, Cal se definió a sí mismo como agénero. Esta neutralidad de género tradujo su “malestar a la lógica maniquea de uno u otro sexo que es impuesto por la sociedad”. La condena de este binarismo rápidamente cambió a una crítica de la heterosexualidad y una visión negacionista del género asignado en su nacimiento: “Antes de querer ser un hombre, no me sentía mujer. No me veía a mí misma como una mujer. Y cuando era joven veía parejas, pero siempre eran chicos con niñas o niñas con niños. Nunca vi a dos niños o dos niñas juntos”.

Esta secuencia me hizo pensar que Cal no podía imaginarse a sí mismo como mujer porque se sentía desviado en relación con sus pares que estaban heterosexualmente “regulados” en sus deseos, y que su identidad transgénero en cambio camuflaba su homosexualidad inaceptada. El après-coup de una sesión con mi analista me hizo comprender que esta postura me había sido dictada insidiosamente por la reducción del transgénero a la homosexualidad reprimida, una idea que había prevalecido en algunos estudios psicoanalíticos dogmáticos (Castel, 2003, Chile, 2011, Oppenheimer, 1991) asociada con el enfoque freudiano del caso Schreber.

Después de dejar atrás este “conocimiento pre-contratransferencial” (Guillaumin, 1998), pude escuchar el sincero cuestionamiento de Cal sobre su orientación sexual, que de ninguna manera era defensivo. Durante una sesión posterior confesó: “Pensé en la homosexualidad, pero no podía verme como una chica con otra chica, y lo mismo con la heterosexualidad, no me imaginaba como una niña con un chico. Siempre ha sido mi lugar como mujer el que se me ha planteado como un problema”. Y luego volvió el rechazo a su “feminidad” vigente: “Mi inquebrantable sentido de identidad es que no soy una mujer”. En la siguiente sesión, salió a la luz el recuerdo: “Cuando tenía doce años estaba esperando en la fila del comedor de la escuela. Les dije a mis amigos que Dios creó el alma de un niño pero no el cuerpo del niño, entonces, después de este error administrativo, me dio el cuerpo de niña hasta el momento en que lo volviera a retirar”.

Es interesante discernir en las secuencias citadas el paso de la indiferenciación de género al rechazo de la feminidad, seguido de la convicción de poseer una psique masculina. Solo queda un paso para remediar la inadvertencia del Demiurgo, acomodar su cuerpo con su alma y convertirse en un hombre.

 Al hablar de sus planes médicos, Cal mencionó el ideal que esperaba lograr mediante la ablación de sus senos y útero. Hablando de la imagen que pretendía reconfigurar mediante la cirugía, una vez más se detuvo en su deseo feminicida: “Quiero distanciarme tanto como sea posible de donde estoy ahora, de mi punto de partida”. Esta repulsión hacia su feminidad puede estar vinculada a la siguiente memoria que surgió en la tercera sesión: “Cuando tenía doce años, pensaba que era feo, así que traté de desapegarme de mi apariencia externa, porque nunca podría ser una mujer de verdad”. Como Cal no pudo encarnar a la perfección el prototipo de una norma ideal basada en las proyecciones de los padres y una práctica social discursiva culturalmente determinada, ¿no podemos imaginar que había elegido deconstruir este modelo a través de un exceso de idealización, empujada al paroxismo por el inicio de la adolescencia? Recordemos también que él tenía doce años cuando se dio cuenta de que Dios le había dado un cuerpo de mujer y un alma de hombre. ¿La coincidencia temporal de estos dos recuerdos, reforzada por la contigüidad de las sesiones, podría sugerir que fue la angustia de no poder convertirse en una mujer real, “La Mujer”, lo que lo llevó al polo opuesto de “El Hombre”?

Curiosamente, esta búsqueda del ideal se reflejó en algunos nombres masculinos marcados culturalmente que imaginó para su nueva tarjeta de identidad, obviamente mezclando “fantasías públicas y privadas” (De Lauretis, 1999). Cal dijo entonces que el uso del modelo, por parte de su profesor de inglés, del amor cortés como marco crítico para Romeo y Julieta, le hizo repudiar el nombre de Romeo. ¿No es intrigante que esta referencia implícita al culto de “La Dama” surgiera solo para ser negada instantáneamente? Cal también pensó en ser rebautizado como “Allen”, diciendo “que es el nombre de Allen Guinsberg, el fundador del movimiento hippie”. Podemos ver fácilmente el atractivo que le genera esta poética figura de la contracultura estadounidense, aunque no terminó eligiendo este nombre. Finalmente, se refirió a la imagen de caballero británico solo para desacreditarlo de inmediato, mencionando que había leído en alguna parte que “los caballeros usaban un lenguaje sexista en el siglo XIX”, y nuevamente su ideal se derrumbó. Esta serie de individuos sublimados a quienes Cal solo presentó para atacar subrepticiamente confirmó su lógica idealista y su antítesis sadomasoquista.

Antes de exponer mis hipótesis basadas en estas observaciones, me gustaría citar un extracto de la investigación de Linhares (2005): “Algunas experiencias parecen confrontar el tema no solo con la bisexualidad, sino más radicalmente con la falta de forma sexual. Estas uniones nos permiten entonces concebir la diferencia de sexos como una organización secundaria de la sexualidad” (p. 43). Y, de hecho, es el anhelo de Cal por la falta de forma sexual y el a-generismo lo que surgió durante nuestras sesiones, e incluso admitió definirse a sí mismo como a-genero, como se ilustra en sus dibujos. Permítanme citar sus palabras: “Las figuras que dibujo no representan ni a hombres ni a mujeres, lo que realmente molesta a mi profesor de arte. Los individuos visten ropas largas y mantos, que ocultan sus formas. Así que no puedes adivinar su género”.

Cal evidentemente dio a sus bocetos la falta de forma de género que no podía expresar en su vida diaria, desde que sus padres lo obligaron a “usar ropa que ostentara sus atributos femeninos y realzara sus formas”. Al no poder adoptar la codiciada apariencia del deseo a-género, se vio obligado a “vestirse como una persona cis-género”.

¿Podemos conectar esta falta de forma de género como un desafío a las intrusiones superyoicas (advertencias de sus padres, instructor de arte y maestros de escuela) con lo que Freud definió como la primera característica del desarrollo psicosexual: su potencial polimorfo? En este caso, las aspiraciones a-género que animaban a Cal, como la repercusión de una sexualidad infantil “regulada en torno a la diversidad” (Allouch, 2014), habían sido comprometidas por el cruel y aparentemente inalcanzable ideal de la “mujer real”, de ahí sus virulentos ataques de este modelo. El resultado fue la elección de un nuevo modelo, Hombre, favorecido por un binarismo de género socialmente predominante e impregnado de violencia. Esta dinámica es similar a cualquier pensamiento polarizado arraigado en la etapa más arcaica del ser humano, como lo demuestra Klein (1946) en su vívida descripción del mundo dividido de los senos. Al respecto, citemos un extracto de las palabras del activista Califa, hombre trans (1997, p. 357) que habla de la tentación de idealidad hiperbólica entre sus pares: 

La mayoría de las personas atribuyen sus sentimientos de discrepancia sobre su apariencia, experiencias sexuales o relaciones íntimas a un fracaso personal para alcanzar los ideales masculinos o femeninos, entre otros. El fracaso en cualquiera de estos dominios probablemente se experimentará como una necesidad de ser más que un hombre o más que una mujer, en lugar de un malestar general con el rol de género o el sexo biológico (p. 357, énfasis agregado).

 

Lectura post hoc

Ya no creo que los supuestos antes mencionados sean inverosímiles, pero me llama la atención el hecho de haber impuesto mis propias asociaciones y copiosas reflexiones sobre el caso debido a un uso solipsista de la metapsicología. Leí la sección anterior como una aplicación incondicional de la teoría y un ejercicio integral de interpretación. Todas mis ideas y pasos clínicos parecen estar justificados por referencias a la literatura. El efecto, ahora puedo reconocerlo, es la pérdida del proyecto mismo anunciado desde el principio (disuadiendo a los analistas de su dependencia del pensamiento normativo evolutivo, etiológico y sociocultural patologizante), así como el surgimiento de la trampa en el sesgo “predefinido” que traté de rectificar. ¿No estaba tratando mi ansiedad con respecto a mi propio género especulando tanto sobre la fuente de la identidad trans de Cal?

            ¿Qué pasa con mis ideas actuales sobre los ideales de género? Considero que este último se define en gran medida por las normas socioculturales que llegan a la psique del niño a través de la mediación de sus cuidadores inconscientemente. Creo que cuanto más rígidos y crueles son estos ideales regulatorios, más difícil es para el niño “realizarlos”. La transición de un género a otro sería un posible destino de la dificultad que todos enfrentamos al situarnos en el binarismo masculino/femenino. La experiencia transgénero, como toda elección inconsciente de género, nunca podría desvincularse de la asociación con la cultura o de los deseos inconscientes de los padres, comunicados al niño a través de mensajes enigmáticos.

            Dicho esto, la mención del cuerpo sexuado es fundamental, y creo que en el caso de Cal me perdí la referencia a la pubertad cuando recordó que a los doce años había pensado que “Dios creó el alma de un niño, pero que no quedaban cuerpos de niño. Solamente después de este error administrativo, me entregó el cuerpo de una niña hasta el tiempo en que lo volviera a retirar”. ¿No podemos considerar que el deseo y la aspiración primordialmente a-género de Cal por la falta de forma sexual se reinterpretaron a través de la lente de las transformaciones físicas de la pubertad y luego se tradujeron en un deseo por un Self anti-femenino?

            Finalmente, permítanme agregar que el paciente me habló de una malformación menor de sus órganos genitales. Esto incitó a su ginecólogo para “insistir firmemente” en que Cal rectificara quirúrgicamente “esta antiestética protuberancia inaceptable para una mujer” (!), aunque evidentemente, no tenía ningún deseo de someterse a un procedimiento de ese tipo. Desde este punto de vista, el género debe confirmarse de manera singular y normativa a través de la anatomía. ¿Estamos realmente tan lejos de la persecución terapéutica sufrida por la víctima intersexual Herculine Barbin, en el siglo XIX, con el noble objetivo de exponer su “verdadero sexo” y hacerlo conformar al ideal de la norma (Foucault, 1980)?  ¿O la violencia médica se ejerce todavía hoy en día sobre los niños cuyos genitales presentan variaciones de desarrollo con el objetivo de alinearlas con lo sexual, o más bien con el modelo social? De hecho, como nos recuerda Lacan (1974), “en ausencia de cualquier norma sexual, existen normas sociales en su lugar” (p. 6).

            Al repensar la revelación de Cal sobre sus órganos genitales, me pregunto de nuevo si me perdí algo debido a mi encaprichamiento con los factores psíquicos que determinan el género. ¿Podría la “antiestética protuberancia” ser un pene subdesarrollado e implicar biológicamente un determinado cuerpo intersexual? ¿No es la identidad de género un complicado tejido de factores anatómicos, psicológicos y socioculturales? Tiendo a creer que mi búsqueda insidiosamente determinista y psicogenética con respecto al transgénero, sin mencionar mi apego dogmático a la metapsicología que pacificó mis temores de apartarme de mi propio género, me dejó sordo y, por lo tanto, incapaz de elaborar algunas de las confesiones de mi paciente. Estos argumentos, considerando mis copiosas interpretaciones como defensa contra la ansiedad, también se aplican a las siguientes secciones.

De la idealización a la sublimación

Cal estaba exultante cuando hablaba de arte, y más específicamente: su amor por Shakespeare. En una sesión le recordé a Cal que en el teatro isabelino los actores masculinos interpretaban a los personajes femeninos. Cal reaccionó con entusiasmo, diciendo: “Es más, fueron los jóvenes hombres que interpretaron el papel de las mujeres”, lo que implica que se identificó con esos actores “de su edad” que se hicieron eco de su propia comedia de género. En numerosas ocasiones denunció las trampas de disfraz social en el que se sintió atrapado antes de atreverse a revelar su identidad trans.

            Vale la pena mencionar aquí el tema de la mascarada introducido en el psicoanálisis por Riviere (1929), quien argumentó a partir de un caso clínico que la feminidad siempre está enmascarada, ya que constituye el complicado arreglo de las mujeres con su falicidad primordial, que persiste en la envidia oculta del pene. Lacan (1958, 1971) más tarde extrapoló la teoría de Riviere mientras abogaba por una comedia generalizada de géneros en la que cada “bando” desempeña “el papel del hombre” o “el de la mujer”. Este juego de roles “tiene el efecto de proyectar en su totalidad las manifestaciones ideales o típicas del comportamiento de cada sexo, incluido el acto de la cópula, en la comedia” (Lacan, 1958, p. 172). Aparte de la dimensión de “apariencias” y “pretensiones” en este despliegue de seducción (Lacan, 1971), debe considerarse la noción de ideal, ya que “los ideales cobran un nuevo vigor a partir de la demanda […] por amor” (Lacan, 1958, p. 172), el “ideal regulatorio” fundado en una norma históricamente circunscripta, es una “construcción” y “ficción” disfrazada de ontología según Butler (1990). La mascarada de género aparece así congruente con un ideal normativo “incorporado”. Teniendo en cuenta esto, el teatro queer, como se ejemplifica en el espectáculo drag, que imita el ideal de la mujer y/o el hombre a través de una hipérbole, revelaría, en opinión de Butler (1990), la verdad interior del género al desenmascarar su performatividad por medio de la máscara.

            Aplicando estos elementos al marco de la experiencia transgénero de Cal, se podría argumentar que sus inútiles intentos de “representar” a la Mujer (“la real mujer”) con el fin de cumplir con el ideal incorporado de la norma lo llevó a la angustia del fracaso, haciéndolo despreciar esta feminidad inalcanzable y atacarla ferozmente, conformándose así con la lógica sadomasoquista que subyace en cualquier ficción idealizadora. Atrapado en la trampa de la polarización social de los géneros, se volvió hacia el polo opuesto, el Hombre (Romeo, Allen Ginsberg, el caballero británico), solo para ser confrontado de nuevo con la crueldad de la búsqueda de la “performance”.6 Ante este callejón sin salida resultante de la penetrante experiencia de la comedia ordinaria de géneros, Cal recurrió al arte con su disolución de formas, ruptura de binarismos y multiplicidad de máscaras. “Actuar significa diversidad. No hay elección, porque los géneros simplemente no existen, por eso quiero convertirme en director”, admitió una vez en un tono exaltado. La idealización dio paso a la sublimación que, a diferencia de lo primero, tiene la ventaja de dar al sujeto tanto satisfacción pulsional como “autoestima” (Selbstachtung) sin que esta experiencia se perciba como alienante (Freud, 1914a).

            Pude discernir claramente el proceso de sublimación en el trabajo durante la sesión en la que Cal me contó su intención de someterse a una histerectomía y renunciar a la extracción de ovocitos. La primera parte de la sesión estuvo dominada por la flagelación de la familia, su agresividad hacia sus padres, su odio a sus órganos femeninos y su obsesión por sus orígenes. Estos problemas fueron progresivamente superados por la exaltación del arte y su ambición de convertirse en un director para crear un mundo abierto a la multiplicidad. Pude observar que el surgimiento inicial de la pulsión, sin duda facilitado por las virtudes metabolizadoras del enlace transferencial, dio paso sin duda al placer de la reflexión y la satisfacción con las perspectivas de la creación artística, siendo la forma sublime de la procreación, tal como la expresó Platón por primera vez en la tradición literaria occidental (c. 385-370 a. C., Simposio, 208e-209e).

De la “intolerancia terapéutica” a la solución de la máscara

En la quinta sesión, Cal habló de su encuentro con la institución psiquiátrica que estaba preparada para firmar la autorización de su histerectomía. Sin embargo, a pesar de mi actitud teóricamente progresista hacia la cirugía trans, no pude evitar pensar que quizá debería abandonar su transición. En ese momento creí que él quería convertirse en un hombre para romper con su madre, lo que me molestó: continuar las sesiones le permitiría construir progresivamente su propio espacio interior que tan cruelmente le faltaba, y cortar el cordón umbilical que lo asfixiaba sin “descuartizarlo”. Irritado por esta irrupción “ilegítima” del dominio médico en mi trabajo, comencé a criticar la intervención del psiquiatra así como el modo general de funcionamiento del establishment. Me negué a ser cómplice de esa “violencia” y mantuve la idea de “salvar” al paciente de un error del que más tarde se arrepentiría. Con este fin, traté de señalar las contradicciones de algunas de sus afirmaciones e incluso tuve la tentación de decirle que su proyecto transgénero no era genuino, sino que se ajustaba a la solución “predeterminada”, porque era socialmente complicado para él quedarse a-género.

            Aprovechando la oportunidad cuando expresó sus preocupaciones sobre el éxito médico de su transición, le dije: “Si vivieras en un mundo ideal, libre de normas sociales y del binarismo hombre/mujer, ¿qué elegirías ser?” En la línea de Bornstein (1994), Cal respondió que “crearía un mundo que no fuera basado en el género, un mundo que estuviera libre de la elección hombre o mujer”. Me alegré de escuchar finalmente que la verdad salió a la luz sin considerar la influencia de mi pregunta en su respuesta. ¿Había alentado la libertad de expresión del paciente o había impuesto subrepticiamente mis expectativas violando el precepto freudiano: “Nos negamos a […] decidir su destino por él, imponerle nuestros propios ideales, y con el orgullo de un Creador formarlo a nuestra propia imagen” (Freud, 1913, p. 164)?

            Solo más tarde comprendí, gracias al trabajo con mi analista, que algunas de mis reservas provenían de mi propia renuencia a inyectar sustancias extrañas en mi cuerpo y aceptar procedimientos médicos invasivos. En resumen, mis propias limitaciones ponen en duda mi “tolerancia terapéutica”, para tomar prestado el término de Porchat (2017), quien correctamente afirmó que “lo que no toleramos depende de nuestro propio trasfondo psicológico” (p. 148). Para protegerse de cualquier interferencia personal, Porchat (2017) invoca la figura mitológica de Hermes, para quien “ninguna extrañeza es extraña”, y recomienda el uso de una máscara neutra, inspirada en la técnica teatral, para intensificar los movimientos internos, ganar en el conocimiento de sí mismo y reforzar la disponibilidad psicológica: “Las normas se encuentran en la cara, por lo que el analista que se pone la máscara y no tiene normas parece menos probable que se engañe a sí mismo y a sus pacientes” (p. 149).

            A su vez, le imploré a Hermes, también dios de las fronteras y la transgresión de las fronteras, y me “puse” la máscara teatral para ejercer control sobre mis movimientos internos. Tan pronto como identifiqué lo que me estaba angustiando y pude trabajar en ello, pude reavivar mi atención uniformemente flotante sin centrarme en los detalles “desviados” que podrían haber destapado una cierta verdad del paciente, que interpretaría arrogantemente al señalar que yo sabía mejor que él lo que era mejor para él. Por lo tanto, acepté elevarlo a “la condición de experto”, siguiendo la sólida recomendación de Sironi (2011), y le permití afirmar que su identidad transgénero no reflejaba un malestar original, como había repetido su madre, reiterando así inconscientemente un topos de la literatura psicoanalítica sobre el transgénero, sino que más bien constituyó la fuente original de su descontento.7

            Asimismo, podría descartar el anticuado cliché metapsicológico que concebía la identidad trans como una defensa contra la homosexualidad y abordar la hipótesis inversa de la homosexualidad como defensa contra el transgénero. Mi inexorable conclusión fue que el trabajo insidioso de la normatividad no es solo de carácter social o cultural, sino también disciplinario.

 

Lectura post hoc

Ahora tiendo a considerar esto, en comparación con lo que pensaba cuando escribí la versión anterior de mi artículo, como mi transición desde una forma bastante anticuada de entender la identificación trans hasta la de admitir la primacía de reconocer que la experiencia del paciente fue un proceso mucho más complejo. Por lo tanto, mi iluminada decisión de elevar a Cal al estado de un experto que sabía mejor que yo fue más intelectual que psicológica, y demasiado optimista para ser clínicamente genuina dado el poco tiempo (apenas diez sesiones) que pasé con él. La toma de conciencia de que mi oposición a que Cal completara quirúrgicamente su transición provenía de mis propios temores no eliminó automáticamente mi malestar, ya que el reconocimiento de la contratransferencia no implica necesariamente su erradicación. Pontalis (1975) señala que la “resistencia a la contratransferencia está tan presente en el ‘yo sé dónde estoy parado’ como en el analizado que describe su transferencia como ‘maternal’, por ejemplo, para encerrar emociones indecibles” (p. 75). Esta advertencia sugiere la necesidad de aplicar la contratransferencia tal como recomendó Freud (1914b) a los analizados: la translaboración de sus resistencias, lo cual no es un procedimiento expedito ni mágico. En consecuencia, después de considerar el trabajo insuficiente realizado sobre mi ansiedad, a pesar de afirmar que había aceptado a Cal como autoridad final de su realidad, volví a mis reflexiones anteriores. 

Del canibalismo del clínico a la elección sublimatoria del paciente 

Cal me sorprendió cuando no se presentó a nuestra décima sesión aunque fuera solo para informarme que no volvería a verme. Lo más sorprendente de todo fue que su decisión llegó solo un día después de un ataque de ansiedad tras una pelea con sus padres, quienes habían expresado su fuerte oposición a su transición y lo llamaron enfermo mental. En retrospectiva, entendí la dinámica que probablemente contribuyó a que terminara las sesiones. Recordé la admisión de Cal: “Cuando me criaron, ver al psiquiatra no era un asunto trivial”. A la luz de este prejuicio, y la brutalidad de su madre hacia él cuando afirmó que padecía un trastorno psiquiátrico, el final de nuestras sesiones probablemente expresó su negativa a ser etiquetado como un enfermo mental. En otras palabras, la patologización de su condición lo había llevado defensivamente a suspender la terapia.

            Durante los últimos quince minutos de nuestra última sesión, Cal compartió un sueño conmigo por primera vez: “Yo era un niño pequeño de cabello verde que intentaba huir de mi madre en un área laberíntica con la Torre Eiffel. Mi madre estaba huyendo, porque era una ladrona o una criminal, realmente no lo recuerdo; ella estaba tratando de entrar por todas partes”. Interpreté este fragmento onírico como el deseo de Cal de escapar de la intromisión de su madre, mientras ella buscaba colarse en su vida, su cabeza e incluso su terapia. Sin embargo, evité transmitir otra idea que me vino a la mente: estaba luchando por liberarse de la “igualdad” que compartía con su madre (ambos individuos están huyendo) imaginándose a sí mismo (o convirtiéndose en) un niño. No noté de inmediato la dimensión fálica de la Torre Eiffel y el significado plausible de esta escena de persecución por parte de una madre preedípica con pene que era culpable de una infracción, robo (¿la vida del soñador?) y asesinato (“delincuente”). 

            Cal señaló que había contado este sueño infantil recurrente en su última sesión con un psicólogo al que consultó cuando tenía ocho años, cuando se completó una evaluación. Solo cuando consulté mis notas después de la sesión, sospeché la dimensión transferencial de este sueño: representé a la madre culpable de una infracción de la que Cal intentó huir, temiendo mis intentos de captar el significado de su transgenerismo. Permítanme recordar aquí que su madre apoyó el hecho de que yo no creía en “sus mentiras” sobre su aspiración a volverse hombre. En mi defensa, puedo decir que ya le había narrado este sueño a su psicólogo infantil, del mismo modo que en la sesión final conmigo, lo que sugiere que había estado invadido por esa ansiedad desde hacía mucho tiempo. Para Lothstein (1983), este miedo es un tópico en los hombres trans. Sin embargo, el miedo a ser penetrado e incluso canibalizado por el terapeuta se observa comúnmente en numerosos patrones clínicos. Según la premisa de Devereux (1967), la resistencia es un medio para proteger la identidad real de los analizados. Por esta razón “el objetivo no es comprender al paciente, porque tan pronto como el psicoanalista comprende, el primero se siente vulnerable; el objetivo debería ser más bien permitirle expresarse sin temor a una intromisión explicativa y reduccionista” (p. 17). En una línea similar, Fink (2010) sostiene que la comprensión no debe considerarse un objetivo esencial del tratamiento psicoanalítico; el cambio de las fantasías deletéreas debería en cambio tener como objetivo traerlas no a la conciencia sino a “un discurso que necesita ser escuchado” (p. 259). Para lograr esto es necesaria una terapia a largo plazo. Lamento mi impaciencia con Cal, ya que me precipité rompiendo su funcionamiento psicológico y mostré una curiosidad excesiva sobre su experiencia transgénero, lo que me valió la notable identificación con el psiquiatra caníbal, Hannibal Lecter.

 

Lectura post hoc

Ahora también sospecho que lo que pudo haber contribuido a la abrupta partida de Cal es mi inadvertida demonización de “Mme. Mère” que comenzó muy temprano, antes del desarrollo de una alianza terapéutica. Mi intención era alinearme con mi paciente, pero mi contratransferencia negativa no examinada hacia la figura materna devoradora pudo haberme hecho menos cuidadoso interpretando el material de Cal. ¿De qué otra manera puedo explicar el hecho de que olvidé lo que me habían enseñado mis pacientes adolescentes: solo ellos tienen derecho a descalificar a sus padres aparentemente odiados pero secretamente idealizados? Aunque era probable que la madre de Cal fuera una persona muy difícil y no aceptara su identidad de género (como yo), destruyéndolo como pudo haber sido, probablemente era todo lo que Cal tenía y no podía permitirse perderla antes de que lograra poblar su psique con objetos más benignos.

            Como punto final, mi dificultad para “experimentar la pérdida” con Cal, tomando prestadas las palabras de Searles8 ¿no me había convertido en la madre intrusiva que se negó a dejar ir a su hijo?, me impidió escuchar lo que dijo antes de su partida: “Quiero hacer otras cosas en lugar de venir aquí”. Pude conectarme con su nuevo proyecto, anunciado quince días antes, de interpretar sus propios guiones con un grupo de jóvenes actores, cuyo horario probablemente coincidiría con nuestras reuniones. También es significativo que la única vez que canceló la sesión fue porque tenía una entrevista para una pasantía en un teatro. En resumen, el arte y la creación estaban destinados a reemplazar la terapia. Adoptando la propuesta de Guillaumin (1998) de una definición de sublimación como una feliz “combinación de narcisismo, autoerotismo y objetalización” (p. 123), ¿no deberíamos concebir este camino como la opción más apropiada para Cal? Su miedo a ser canibalizado por el otro, su sufrimiento causado por su atípica identidad de género y su deseo de autogénesis podrían quizás encontrar ahora un resultado óptimo.

Conclusión

A lo largo de este artículo, he intentado reelaborar mi relación transferencial con mi primer paciente transgénero, que había descripto originalmente en una publicación francesa. La terminación prematura de la terapia me obligó a considerar mis propias ideas sobre la experiencia trans, incluyendo varios aspectos de mi preocupante contratransferencia que me llevó a buscar agresiva y apresuradamente la etiología en su identidad de género. A pesar de mi intención de disuadir a los terapeutas de confiar en la patologización y el pensamiento hegemónico categórico sobre sus pacientes identificados como trans, permanecí atrapado en mis propias contradicciones y en la lógica normativa cis-género, apegándome imprudentemente a la performatividad teórica en lugar del proceso clínico. Tampoco reconocí mi contratransferencia negativa hacia los padres del paciente, especialmente su madre, cuya actitud de rechazo al género de Cal reiteré transferencialmente. Espero que en esta versión actualizada de dicho artículo, mejorada con mayor experiencia personal y autoconciencia, haya logrado elaborar mi transformación interna de una manera más significativa para el lector.

            Ahora compartiré algunas conclusiones generales extraídas no solo de mi experiencia inaugural con Cal sino también de mis terapias con otros adultos transgénero. 

            Como clínicos, es fundamental comprender la violencia de los estándares que contribuyen no solo al malestar de nuestros pacientes sino también a la subjetivización de todos los individuos. Como justamente afirma Ayouch (2005) a la manera de Butler, “el género es una práctica de improvisación dentro de una escena de restricción” (p. 310). Al considerar estas fuerzas sociogénicas coercitivas, que pueden iluminar pero de ninguna manera agotar por completo la complejidad de los deseos transgénero, podemos ampliar nuestra atención centrada con demasiada frecuencia en cuestiones intrafamiliares. La sordera de los terapeutas al descontento que surge de la inclusión de ideales normativos es precisamente la fuente del malentendido que asimila las identidades transgénero con trastornos patológicos a través de una asombrosa inversión de causa y efecto. Si bien la violencia fundamental del entorno familiar es un tema frecuente con sujetos transgénero, como en el caso de Cal, esto debe ser abordado desde una perspectiva interaccionista, tomando en cuenta la crueldad de los mandatos de género, así como la multitud de otros parámetros idiosincrásicos y eventos extrínsecos. 

            Este artículo destaca la necesidad del terapeuta, que tome sobre sí el desafío que presentan los pacientes transgénero, de tener una perspectiva multirreferencial, o en palabras de Allouch (2014), ser “regulados en torno a la diversidad” (p. 25) tanto a nivel psicológico como disciplinario; en resumen, deberíamos ser híbridos, como nuestros pacientes, con su mezcla híbrida de géneros, culturas y deseos. Esta experiencia me convenció de luchar continuamente contra los binarismos, dualismos y monolitismos, así como contra la “voluntad de conocimiento” (Foucault, 1976), que adhiere subrepticiamente a la búsqueda determinista de la lógica transgénero.

            El mayor cambio para mí fue renunciar a un enfoque etiológico para apoyar la mentalización de las transformaciones corporales deseadas por mis pacientes. Huelga decir que este nuevo objetivo requiere el dominio de la impaciencia del terapeuta y el respeto por la temporalidad, irreductiblemente singular, de los pacientes. Solo los pacientes pueden decidir si desean discutir su identidad trans para situarla dentro de una reconstitución arqueológica del Yo o si prefieren estar meramente acompañados para lidiar mejor con las vicisitudes del camino transformacional. Si bien pude establecer conexiones entre la relación del paciente con sus padres, la dinámica de las normas y el surgimiento de los deseos transgénero, ahora comparto la vigilancia de Sironi (2011) para quien: “Una correlación no es un vínculo de causalidad” (p. 31). Mi enfoque clínico buscará en adelante establecer “correlaciones que puedan constituir una palanca terapéutica” (Sironi, 2011, p. 180) y crear un verdadero “devenir” en el sentido que Deleuze le da al término: el despliegue de la diferencia y la multiplicidad en el tiempo, como movimientos fluidos de creatividad que subvierten las identidades dominantes y mayoritarias que nos otorgan las normas vigentes. 

            Para avanzar en esta dirección, la condición sine qua non es el descentramiento de sus síntomas junto con el descentramiento por parte de los médicos de sus prejuicios ideológicos, étnicos, raciales, disciplinarios, nosográficos y muchos otros. Para ello, los terapeutas deben esforzarse continuamente por desterritorializarse de los discursos mayoritarios y protegerse de la “normosis”, en palabras de Vignes (1993), quien recomienda “separarse” de la cultura nativa y abrirse ecuménicamente. El análisis sistemático de la contratransferencia es el requisito primordial en este sentido, ya que las metas de neutralidad y abstinencia no pueden aparecer mágicamente perseguidas conscientemente. Esto debería incluir la elaboración de fantasías y perlaboración de resistencias relativas a los problemas de los pacientes y el meta-encuadre institucional. Si bien este meta-encuadre funciona a través de un análisis riguroso de las prácticas clínicas y la contratransferencia del equipo terapéutico, el contexto de las sesiones individuales debe optimizarse. Además, el terapeuta que teoriza desde su clínica debe tener cuidado de no usar etiquetas diagnósticas estigmatizantes y términos descalificadores, ya que el lenguaje abusivo tiene un poder performativo. Se requiere un mayor cuidado en el campo de las identidades trans porque las premisas patologizantes, como lo demuestra la historia de transexualismo médico, han participado activamente en la implementación de dispositivos abusivos. La tentadora propuesta de Ayouch (2005) de deconstruir ciertos aspectos del conocimiento hegemónico que no concuerdan con las lógicas transgénero y reinterpretarlos desde la perspectiva de las partes interesadas, presupone el “posicionamiento de la experiencia” de los sujetos en cuestión. La deconstrucción de las posiciones de “mujer” y “hombre”, “madre” y “padre”, “femenino” y “masculino”, presentadas como categorías psíquicas inmutables y ahistóricas, ampliaría nuestra escucha y haría más flexible nuestra postura, animándonos, tal vez, a concebir las cirugías trans de manera similar a cualquier otra transformación física y ayudándonos a lidiar con nuevos problemas que surgen de un contexto social en plena mutación cultural y bioética. 

            Si bien un enfoque contemporáneo y progresista de las identidades trans es esencial, no debemos pasar por alto los riesgos del discurso dogmático minoritario disfrazado de pensamiento liberal. Goldner admite este sentimiento de limitación, ya que “cualquier interpretación de la no conformidad de género que complique una narrativa puramente transpositiva está prohibida por los activistas de género” (Corbett, Dimen, Goldner y Harris, 2014, p. 317). Debo confesar que estoy igualmente preocupado tanto en el ámbito clínico como teórico, incluso durante la redacción de este artículo. Por lo tanto, planteo la siguiente pregunta: ¿En el contexto de la corrección política y el activismo que han transformado el estigma del transgénero en empoderamiento y agencia, el analista clínico tiene derecho a cuestionar las identidades trans sin ser acusado de tener una mirada normativa? ¿Es posible hoy explorar las fuerzas inconscientes que sobredeterminan las identificaciones transgénero de la misma manera que cualquier identificación típica o atípica? ¿Al evitar esta investigación en nombre de la “naturalidad” de esta elección de género, a menudo promovida por el discurso progresista, no caemos en la misma trampa de cierta norma mayoritaria que tiende a prohibir cualquier cuestionamiento de la identidad heterosexual cis-género? Recordemos que Chodorov (1992) demostró que la “naturalización” de la heterosexualidad como orientación dominante ha obstaculizado durante mucho tiempo su exploración, provocando el olvido del conflicto inherente a todas las subjetividades humanas. Lo que me gustaría enfatizar aquí es que cualquier afirmación esencializante y cualquier forma de vigilancia del discurso puede conducir a la ceguera y la coacción del pensamiento. En mi opinión, el desafío analítico consiste en encontrar un equilibrio entre los procesos de subjetivación (trans, cis, gay, heterosexual, bi, etc.) y la emancipación de la normatividad heterocéntrica o queercéntrica. Cito a Lemma (2018), quien, en su último artículo sobre la experiencia transgénero, sostiene que “el desafío es pisar la delgada línea entre un diálogo basado en una curiosidad equidistante sobre el significado y la función que es fundamental para un enfoque analítico y una postura de escepticismo implícito” (p. 1.089). Dejaré que el lector juzgue si he logrado pisar esta delgada línea en mi contribución actual. 

            Como pensamiento final, parafraseo el aforismo de Winnicott (1965), “Un bebé solo no existe”: de la misma manera, el clínico solo no existe. De hecho, mi encuentro “didáctico” con Cal me mostró la necesidad vital de utilizar varios medios de meta-reflexión clínica para minimizar las interferencias contratransferenciales: supervisión por parte de colegas experimentados (metatransferencia vertical), interacción con colegas pares (metatransferencia horizontal), lecturas disciplinarias y transdisciplinarias, conferencias multitransferenciales y reciprocidad de intercambio con revistas revisadas por pares, tratamiento analítico personal y autoanálisis a través de la escritura, como ocurrió en la redacción del presente trabajo.

1 Una versión en inglés de este escrito con el título The therapist´s transition, Nicolas Evzonas y Laurie Laufer, fue publicada en The Psychoanalytic Review, 106, 5, octubre 2019, pp. 385-416. Es traducido al español y publicado en la Revista de Psicoanálisis con permiso de Guilford Press.

2 Traducido por Luisa Irene Acrich, revisado por Beatriz Agrest y Judith Goldshmidt Schevach por el Comité Editor.

3 nicolas.evzonas@gmail.com. Centro de Investigación en Psicoanálisis (CRPMS), Medicina y Sociedad de la Universidad de París. 

4 Estos comentarios clínicos son diametralmente opuestos a la interpretación simplista de Stoller (1968), que considera al “transexualismo femenino” como la “presencia excesiva del padre y ausencia excesiva de la madre” (p. 240).

5 Tomo prestada esta expresión de Cressida y Latham (2018), quienes cuestionan políticamente la tajante distinción entre las cirugías trans, presuntamente asociadas con el sufrimiento, y las cirugías cosméticas cis, supuestamente sin sufrimiento (p. 174).

6 Berger (2013) especifica que el término “performance” utilizado por Butler “también transmite la tensión hacia la perfección, hacia el perfeccionamiento del ‘hacer’ (como si)” (p. 44).

7 Delcourt (2016) es uno de los pocos psicoanalistas que hablan de “un trastorno psicológico, no como un factor que contribuye a las fluctuaciones de identidad, sino como una consecuencia de lo ‘trans’ que se convierte en condiciones ‘dis’” (p. 90). En una línea similar, Saketopoulou (2014) afirmó que los problemas psicológicos de los pacientes trans “a menudo son el resultado del impacto traumático y no mentalizado de ser trans, y no su causa original” (p. 780). Permítanme decir aquí que la estigmatización actual del transgénero, clasificado como un trastorno psicológico preexistente, repite la historia de la homosexualidad. Este sesgo fue denunciado en su momento por Roughton (2002).

8 Searles (1979) hace un detallado análisis de su confusión cuando uno de sus pacientes transfirió, escribiendo notablemente: “Cualquier esperanza realista —en contraste con la esperanza irreal basada en la negación inconsciente— debe basarse en la capacidad de experimentar la pérdida” (pp. 483-484).

Descriptores: CASO CLÍNICO / TRANSEXUALISMO / CONTRATRANSFERENCIA / IDENTIDAD SEXUAL / IMAGEN ESPECULAR / IDENTIDAD DE GÉNERO / IMAGEN CORPORAL / DIFERENCIA DE SEXOS / SUBLIMACIÓN / ARTE

 

Candidatos a descriptor: MADRE DEVORADORA / CAMBIO DE GENERO

Abstract

The transition of the therapist

Eager to distance himself from the clinical mistreatment and theoretical arrogance shown towards a gender-variant population, a male clinical researcher, self-identified as “cisgender,” narrates his experiences, difficulties and doubts, psychoanalytically, in his interactions with a transgender adult in an institutional setting. In doing so, he addresses from a pluralistic perspective the intrapsychic concerns and sociocultural norms that contribute to the patient’s suffering, as well as the therapist’s own vulnerability and countertransferential challenges in this situation. Reflecting on the same traps he fell into in writing an earlier version of this article, the author proposes a better focused narrative, reworked with his supervisor. In this way he warns the reader about the ease with which an analyst’s efforts to understand can drift into objectifications embedded in the history of analytic thought.

Keywords: CLINICAL CASE / TRANSEXUALISM / COUNTERTRANSFERENCE / SEXUAL IDENTITY / MIRROR IMAGE / GENDER IDENTITY / BODY IMAGE / SEX DIFFERENCES / SUBLIMATION / ART

 

Keyword candidates: DEVOURING MOTHER / GENDER CHANGE

Resumo

A transição do terapeuta

Desejoso de manter distância, ele mesmo, dos maus tratos clínico e da arrogância teórica com pessoas com variantes de gênero, um investigador clínico masculino, auto identificado de gênero cis, narra as suas vivências, as dificuldades e dúvidas desde o ponto psicanalítico nas suas interações com um adulto transgênero em um entorno institucional. Deste modo, aborda, desde uma perspectiva pluralista, as preocupações intrapsíquicas e normas socioculturais que contribuem para o sofrimento do paciente, como também a própria vulnerabilidade do terapeuta e dos seus desejos de contratransferências nesta situação. Refletindo sobre as mesmas armadilhas nas quais caiu ao escrever uma versão anterior deste artigo, o autor propõe uma narrativa focada, retrabalhada com o seu supervisor, proporcionando ao leitor uma advertência sobre a facilidade com que os esforços de um analista por compreender podem encaminhar em objetivações incrustadas na história do pensamento analítico.

Palavras-chave: CASO CLÍNICO / TRANSEXUALISMO / CONTRATRANSFERÊNCIA / IDENTIDADE SEXUAL / IMAGEM ESPECULAR / IDENTIDADE DE GÊNERO / IMAGEM CORPORAL / DIFERENÇA DE SEXOS / SUBLIMAÇÃO / ARTE

 

Candidatos a descritor: MÃE DEVORADORA / MUDANÇA DE GÊNERO

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