Fronteras psíquicas en la infancia: rupturas transgeneracionales y psicosomáticas

Diva Aparecida Cilurzo Neto 1

Resumen

La idea de frontera abarca más que una mera división y unificación de diferentes puntos: consiste en una situación dinámica y flexible del espacio en la que hay una conjunción constante, es decir, una clase de hechos o ideas que siempre están presentes e interactuando. En este estudio clínico-teórico se habla del campo movedizo de las fronteras somato-psíquicas, describiendo asimismo el contenido psíquico que circula a través de esta frontera. Para esto se examinan las manifestaciones psíquicas y corporales desencadenadas por contenidos psíquicos perturbadores de base transgeneracional que, debido a su pungencia, no logran ser mentalizados o decodificados mental o simbólicamente. El legado transgeneracional es una herencia de dolor que puede transponer las fronteras somato-psíquicas.

            Se presenta la trayectoria psicoanalítica de un niño de diez años. A partir del cotejo en la díada analítica de las capas psíquicas arcaicas y rígidas surge el objeto perturbador con connotaciones de lo familiar al que Freud (1919/1996) llamó “lo siniestro” y la autora designa “lo siniestro familiar”. Las confidencias e inconfidencias del paciente y su madre en el campo analítico revelan centros psíquicos de dolor cargados de una mortal auto- y hetero-agresividad, externalizados mediante la parálisis de la capacidad simbólica, la desmentalización y la angustia abrumadora evacuada en el cuerpo.

1. Fronteras

El constructo que se denomina “frontera” se refiere a la concepción imaginaria de una línea demarcatoria cuya dimensión puede ser finita y al mismo tiempo infinita, en la que circulan los más variados procesos y, entre ellos, señalo: sociales, psíquicos y orgánicos. En el campo de las metáforas y de la ambivalencia se inscribe la idea de frontera debido a que predispone la presencia y la inseparabilidad entre los fenómenos “contiguos” pero opuestos, tales como la expansión y la contención, temporal y atemporal, estabilidad y oscilación, interrelación y clausura, consciente e inconsciente, emocional y corporal.  

            El concepto de frontera aparece en el psicoanálisis ya en los primeros estudios de Freud. En 1895, en el texto Proyecto de una psicología para neurólogos, el autor empieza su “proyecto” de construcción de un modelo del psiquismo basado en la geografía de la mente, con sus límites y fronteras. En dicho artículo, Freud define y nombra los campos y actuaciones funcionales de la mente, pero también junta lo somático con lo psíquico, las relaciones y demandas. Para lograr esta construcción, el psicoanalista postula una línea fronteriza que denomina “barrera de contacto” (p. 350), cuya función será la de marcar el límite entre lo externo y lo interno, pero también filtrar las excitaciones, garantizando así la seguridad del aparato psíquico. 

            La barrera de contacto, que es moduladora por principio, trabajará de manera unísona con las para-excitaciones, graduando la cantidad de excitaciones provenientes del mundo externo. Sin embargo, Freud nos advierte que si la excitación es superior a la capacidad de soportar que tienen las para-excitaciones, entonces podrá provocar una ruptura en el psiquismo, llegando a destruirlo o marcarlo de una forma traumática.  

            La noción de frontera se va ampliando a medida que progresa el conocimiento del aparato psíquico. Tanto la primera como la segunda tópica muestran las marcas de esta evolución conceptual. Ya sean las fronteras entre las pulsiones, entre lo somático y lo psíquico, entre lo interpsíquico y lo intrapsíquico o entre las instancias, para Freud ningún límite sería nítido ni estaría restringido entre los lados que demarcan las fronteras. Por lo tanto, estas serían porosas y portadoras de plasticidad, pero también tendrían una membrana limitante, tal como Freud lo menciona en 1923 en el texto El Yo y el Ello, en que reconoce la movilidad de las fronteras entre consciente, preconsciente e inconsciente, así como entre los contenidos del Ello y del Yo. Señala lo siguiente: 

Reconocemos […] también una parte del Yo, cuya amplitud nos es imposible fijar, puede ser inconsciente, y lo es seguramente. Y este Inc. del Yo no es latente en el sentido de lo Prec., pues si lo fuera no podría ser activado sin hacerse consciente, y su atracción a la conciencia no opondría tan grandes dificultades. […] un estado de conciencia y característicamente muy transitorio; una idea que ahora es consciente no lo es más en un momento posterior, aunque pueda volver a serlo, otra vez y en ciertas circunstancias que son fácilmente ocasionadas (Freud, 1923, pp. 28-31).

            Las ideas de Freud sobre este tema son ampliadas constantemente hasta los últimos trabajos, y fueron revividas y expandidas por autores como Klein, Winnicott, Balint y Fairbairn, entre otros. Sin embargo, es en el campo clínico donde la condición de movilidad de las fronteras se convierte en un elemento fundamental para el desarrollo de los procesos mentales y emocionales. 

            Entre los pioneros de esta forma de ver la cuestión del límite/frontera están Kernberg, Fonagy y Green. No obstante, es efectivamente con André Green (1990) por medio de los estudios de metapsicología, que la idea de frontera alcanza el campo analítico con más intensidad y claridad. Este autor define los cuadros disociadores como “fronterizos”. En su obra provoca la discusión sobre la importancia de las transformaciones psíquicas entre el analista y el analizado, y los “límites de la analizabilidad”. 

            Green defiende que, en los cuadros limítrofes, las zonas de elaboración interpsíquicas e intrapsíquicas, o sea, los límites entre el Yo y el objeto, están manchadas y confundidas. Se presenta una desvitalización de los sentimientos y el vaciado psíquico, o sea, una figura materna muerta introyectada. El autor observa que el origen de estos cuadros se encuentra en las primeras relaciones infantiles, en las fallas de la función de revêrie, en la discontinuidad de la relación madre-bebé y en el terror de desamparo. 

            Algunas de estas situaciones psíquicas serán tratadas en este trabajo. Analizaré algunos agentes de ruptura de las fronteras psíquicas en la infancia y las dificultades de estos analizados en el campo analítico. Además de eso, cotejaré la importancia que tiene la formación del psiquismo en la infancia, la violencia transgeneracional, la capacidad destructora de la pulsión de muerte y el uso de las defensas psicosomáticas. Sin embargo, el foco central será dirigido hacia el proceso de restauración del aparato psíquico realizado por el par analítico de acuerdo con lo que nos ofrece el psicoanálisis.

2.  La infancia, una fase estructuradora 

Los vocablos “niño” e “infancia” tienen un origen milenario. Sin embargo, solamente a partir de la Edad Moderna el niño empieza a ser percibido y cotejado. A partir de ese momento se instaura un nuevo orden de investigación y trabajo sobre lo pueril en las áreas de las ciencias, de la filosofía, la pedagogía, la psicología y la organización social. Por medio de tantos descubrimientos científicos la infancia, que era un período menospreciado, empieza a ser encarado como una etapa estructuradora en la vida futura del individuo y de la propia humanidad. 

            A pesar de ello, solamente a comienzos del siglo XX, con la llegada del psicoanálisis, Freud se dedicó a develar los misterios de la vida psíquica infantil y la importancia que tenía en la vida adulta. Mediante una serie de revelaciones sobre el funcionamiento psíquico infantil realizadas por Klein, A. Freud, Winnicott, Bowlby, Segal, Mahler, Bick, Meltzer y Fraiberg se amplía la atención dada al desarrollo emocional del niño, y se abarca no solo el inicio de la vida psíquica infantil sino también el contorno familiar y la herencia psíquica generacional. Autores como Lebovici (1988), Kancyper (1994), Eiguer (1995) y Kaës (2001) comienzan a observar clínicamente la existencia de cambios interactivos precoces conscientes e inconscientes no solo entre madre y bebé sino también entre los familiares y el bebé. 

            A partir de estos descubrimientos, Kaës (2001) distingue dos formas de transmisión psíquica generacional. La transmisión intersubjetiva que señala los afectos y las relaciones de objeto estructuradoras y transformadoras, sin que con eso se pierdan las particularidades y familiaridades, y la transmisión transpsíquica, que no respeta los límites ni los espacios subjetivos, en que imperan las exigencias narcisistas familiares y hay un tenor pulsional mortífero. Significativamente distintas, la transmisión intersubjetiva contiene en su perfil el carácter creativo, mientras que la transmisión transpsíquica posee un carácter patologizador (pp. 27-32).

            Unos años después, Trachtenberg (2005) refina todavía más los descubrimientos de Kaës y afirma que “[] se había convertido en imperiosa la necesidad de una investigación relacionada con la manera como los contenidos se transfieren de un psiquismo al otro, atravesando generaciones y estructurando patologías” (p. 68). Esta investigadora profundizó en el tema y postuló que la destructividad de la herencia transgeneracional se extiende en forma inconsciente e invasiva. Al igual que un cuerpo extraño, penetra en el psiquismo infantil afectando la estructura somato-psíquica del niño y generando importantes escisiones. A partir de ahí, las emociones, los pensamientos y las relaciones vinculares se amalgaman en un núcleo ambiguo en que “lo extraño” y “lo familiar” se reúnen de manera contigua. La autora señala como resultado de esta contaminación que el Yo infantil, todavía con poca organización y en un proceso de integración, será atacado por algo familiar y brusco, insólito y opresor, un monstruo sin rostro, lo que nos dirige a la sorprendente conjunción constante entre Unheimlich – Heimlich (Freud, 1919).

            “Lo siniestro es la categoría de lo asustador que nos remite a lo que es conocido, lo antiguo y muy familiar”, afirma Freud (1919/1996, p. 238). A partir de esta referencia es posible yuxtaponer “Lo ominoso” – “Das Unheimlich” a lo transgeneracional de Lebovici, Kaës, Eiguer y Trachtenberg. De una forma unísona con Freud, los autores mencionados confirman la presencia de un contenido inconsciente y paralizante que provoca rechazo y aflicción, pero que al mismo tiempo alude a lo familiar. 

            Según Freud, “lo ominoso” nos remite a lo que es familiar, que estaba oculto y que retorna bajo la forma de algo secreto e insidioso que nos conduce a lo mortífero, así como los secretos fantasmáticos familiares que se alienaron por medio del proceso de represión (Freud, 1919/1996, p. 258). La violencia de estas sensaciones e imágenes se condensa en una figura nefasta y peligrosa. Esta conduce silenciosamente la estructura funcional de la pulsión de muerte y el desmantelamiento simbólico. 

            Ante esta condición psíquica aparece la pregunta: ¿Cómo enfrentar lo “conocido que no es reconocido”? (Bleger, 1977, p. 389). ¿Cómo protegerse de lo oculto dentro de lo familiar? Se trata de un oculto que lleva en su vientre el peso de un destino de dolor, de insatisfacción y sufrimiento; que aplasta al Yo portando como un estandarte la “representación de cosa” o sea, lo no simbolizado. 

            Las investigaciones psicoanalíticas demuestran que el Yo tiene mecanismos de defensa para mantener el equilibrio. A pesar de eso, dependiendo de la acritud de la demanda, las defensas se patologizan y se vuelven contra él instalando trastornos emocionales y/u orgánicos. 

3. Las defensas para soportar el dolor  

Entre las varias defensas psíquicas utilizadas para enfrentar lo asustador, destaco las patologías psicosomáticas. Para autores como Marty, M’Uzan y David (1967), la carga ligada a los afectos y emociones poco o nada elaborados conduce en dirección a la somática. De las singularidades de este tipo de funcionamiento, los autores señalan la escasez de libertad fantasmática, de vida onírica, un empobrecimiento de los intercambios interpersonales asociado a una esclerosis de la expresión verbal y la imposibilidad de la representación de palabra. “El Inconsciente enyesado permanece imposibilitado de representación, habiendo la instalación del funcionamiento operatorio y el alojamiento de la patología psicosomática”, afirma Marty (1998, pp. 29-30). 

            La mayoría de las manifestaciones psicopatológicas tiene como elemento disparador un hecho traumático que despierta “las angustias devastadoras” que desde hace mucho tiempo estaban reprimidas y que el Yo no ha tenido recursos para contener y simbolizar. Por medio de esta condición psíquica la herida narcisista vuelve a abrirse y provoca sufrimiento y miedo. Al no tener condiciones para metabolizar estas angustias fantasmáticas y terroríficas, como una forma defensiva las expele bajo la forma de un dolor corporal. Sin embargo, el dolor psíquico que maltrata al cuerpo, más allá de ser una defensa también es una forma de comunicación, debido a que “expresa una necesidad, un deseo, una necesidad relacional de reencuentro con el objeto perdido”, tal como afirma Marty (1998, pp. 154-155). 

            A pesar de ello, ¿cuál es el poder de abarcar que tiene la patología psicosomática en el niño? 

            ¿Cuál es el nivel de fragmentación psíquica que este mecanismo defensivo puede causar en la mente infantil? 

            La articulación somato-psíquica sucede desde los primeros tiempos de vida del sujeto. Por medio de estas relaciones primarias entre la madre y el bebé se irá edificando el psiquismo del infante. 

            La comunicación silenciosa entre madre-bebé es algo que tiene una sutileza, complejidad y pulsionalidad que sobrepasa las barreras de la razón. Se inicia, según las últimas investigaciones (Fonagy, 1991), en el período intrauterino y marca de una forma muy significativa la construcción de los vínculos intrapersonales e interpersonales que permitirán la estructuración y la supervivencia psíquica del bebé (Zalcberg & Neto, 2019).

            En lo “infantil precoz” quedarán grabadas las matrices del funcionamiento psíquico. Por lo tanto, se trata de afectos, las relaciones de objeto, los conflictos, la organización pulsional, los parámetros simbólicos y sus maniobras defensivas, procesos que serán rescatados, metabolizados y transformados por el ambiente durante toda la vida. Sin embargo, si este aparato psíquico es afectado por alguna invasión de contenidos psíquicos tóxicos de base ambiental, orgánica o transgeneracional de intensidad superior a lo que se puede soportar, entonces podrá haber un desprendimiento de fronteras psíquicas de las más diversas formas, como una manera de defensa. 

            Cuando esta interferencia catastrófica sucede en la infancia los efectos de este desprendimiento podrán incluir los más diferentes tipos de reacciones, tales como angustias abrumadoras, bloqueo en el proceso de simbolización, estancamiento del desarrollo psíquico como en los estados autistas, y también pueden ocurrir enfermedades corporales de base psicogénica. 

            Un niño y su cuerpo pueden llegar a vivir de la condición de sufrimiento, de la influencia paralizadora de los contenidos transgeneracionales que llevan consigo lo ominoso familiar y del aprisionamiento del Self al claustro de fantasías anales que la vivencia clínica psicoanalítica que relato mostrará a continuación. Formando parte del setting psicoanalítico encontraremos como protagonista a un niño de diez años de edad en quien la desorganización psicosomática se alojó como una manera de protección contra la mentalización del dolor. Voy a hablar de Pedro, el niño cabizbajo que sentía dolores abdominales, que muy difícilmente sonreía y que no jugaba.

4. La historia de un niño

Pedro es un chico de 10 años. Su mamá me contacta por derivación del pediatra que, según ella, ya no encuentra una terapéutica para reducir los dolores abdominales y las crisis de diarrea del niño. Pedro tiene estos síntomas desde hace unos siete años. Al principio, estas crisis eran menos frecuentes y más livianas, y aparecían después de una situación de estrés. Pero con el paso del tiempo se han hecho mucho más seguidas y sin que haya ocurrido algo desencadenante.

            En las entrevistas con la madre, porque el papá se niega a ir, ella señala: “Para mi marido, mi hijo es un ‘cagón’; dice que no hay nada que hacerle porque nunca va a ser alguien en la vida. Es al contrario de lo que siente por nuestro hijo de cinco años, a quien mi marido venera. En cambio, es muy maleducado con Pedro. No sale con él porque dice que tiene muy mal olor. ¡Pedro sufre mucho con esto y a menudo, llora! Al oír este relato yo pienso en el efecto de una organización psíquica que está marcada por imagos parentales ambiguas, existentes en el núcleo de la triangulación edípica. Se trata de una figura paterna que está impregnada por la crueldad y la repugnancia. Una voz paterna punitiva y violenta, la que es muy distinta de la voz uterina y cariñosa de la madre, tal como podremos ver a continuación. 

            Muy diferente del padre de Pedro, la mamá se refiere al hijo con sumo orgullo. Lo describe como un niño muy inteligente, que solo saca notas altas, pero que no tiene amigos, no juega en la calle ni en la escuela. Dice que Pedro siempre está quietito como si fuera “una tortuga dentro de su caparazón”. Según ella, Pedro había sido un niño alegre y feliz, que se reía y jugaba mucho, pero que, alrededor de los tres años, empezó a sentir dolores de barriga. Primero, la madre le dio tés para que mejorara, pero con resultado negativo. Con el tiempo las cosas se complicaron y empezó la diarrea. De a poco, Pedro dejó de ser un niño alegre para convertirse cada vez más en un ser triste y solitario, siempre con mucho miedo de no lograr llegar a tiempo al baño, de soltar una flatulencia o de que los demás se rieran de su persona. 

            Al analizar estas palabras, me pregunto: ¿qué habría provocado que este chico se refugiara en un mundo sombrío y solitario, en el que no había espacio para el desarrollo afectivo? ¿Cuál era el sentido de estas molestias, de este dolor corporal? Un dolor para el cual aparentemente no existía una causa definida, una hipótesis diagnóstica ni una medicación. 

            Pensé que había una herida narcisista que purgaba de manera anal, una patología psicosomática, un desorden orgánico “cuya génesis y evolución evidenciaban una participación psicológica predominante” (Kreisler, 1999, p. 24).

5. Pedro, un niño silencioso

Empezamos nuestro recorrido. Pedro es un niño alto, delgado, observador y silencioso. En forma sistemática las sesiones tienen un único guion durante todo el primer semestre de atención. Es el siguiente: Pedro entra en la sala, se acerca a la caja de madera pero no la toca, elige un juego o un juguete del estante o de la caja lúdica y se sienta a jugar solito. Los juegos que prefiere son: rompecabezas, material gráfico, pero especialmente el Lego, con el que construye objetos y hace edificaciones sorprendentes. No habla, apenas mira los juguetes y los manosea sin llegar a incluirme en ese proceso. En forma contratransferencial, su funcionamiento psíquico me invade, esquivando mis fronteras psíquicas. Me siento incómoda, afásica, solitaria y profundamente triste. A pesar de sentirme sumergida en estos sentimientos y sensaciones incómodas, decido respetar su silencio usando mi “capacidad negativa”, tal como Bion2 (1994) nos sugiere para soportar el estado de la mente angustiante de Pedro. 

            A medida que siguen las sesiones analíticas yo construyo una hipótesis: que mi analizado ha hecho una escisión psíquica significativa. Como resultado de esto, había una mente encapsulada en la que imperaba el narcisismo de muerte. El ritualismo y las ecuaciones simbólicas parecía que torturaban a Pedro. Creo que se había formado una pantalla compuesta por elementos β (pantalla beta), o sea, de sensaciones impensables que en forma corrosiva fragilizaba la barrera de contacto protectora del aparato psíquico. Mediante esta dinámica, la función de pensamiento de Pedro estaba obstaculizada para establecer conexiones y vínculos de amor, conocimiento y odio (L. K. H) (Bion [1991] [1994]).

            Pasaron algunos meses y durante ese tiempo nuestra comunicación se amplía en forma sutil, pero había algo que me llamaba poderosamente la atención. En el medio de un período de pruebas escolares, en fechas conmemorativas o en situaciones en que es necesario aparecer Pedro lleva a la madre a la sala de análisis. Una cápsula impenetrable se construye entre el par madre-hijo en que domina una relación dual y simbiótica, donde no hay lugar para un tercero. 

            Mahler (1977) nos aclara que la relación simbiótica se espera en los primeros meses de vida. Pero esta tan necesaria etapa paulatinamente debe pasar por un proceso de cambios. Lentamente el bebé pasa a reconocer las diferencias y en consecuencia se da la adquisición de la individualidad, de un Self. De acuerdo con la autora, el fracaso en el proceso de individuación provoca que el niño regrese a la etapa simbiótica. ¿Qué falla psíquica o vivencia catastrófica llevaría ese par madre-bebé/niño-bebé al movimiento melancólico, regresivo en que gobierna el mantenimiento delirante de la falta de diferenciación entre el Yo y el objeto? 

            A pesar de eso, a medida que se va desarrollando el proceso analítico, la madre empieza a ser dejada en la sala de espera. Percibo que de alguna manera la madre y el hijo se van apropiando del espacio físico, adentro y afuera, del ambiente analítico. En las reuniones mensuales la madre relata que las crisis de diarrea ahora están siendo cada vez más esporádicas. En forma paralela, ella me empieza a relatar hechos de su vida personal. Me cuenta de su hermano mellizo, que murió al nacer, de su casamiento difícil, del dolor que siente cada vez que su marido agrede a Pedro con palabras hirientes y de la distancia afectiva que ella sentía de su propia madre. 

            Nuestras sesiones continúan. A pesar de que Pedro todavía se mantiene silencioso, está más interactivo y comunicativo. Le sigue gustando jugar con Lego, pero se atreve a jugar también con otros juegos. Ahora ha elegido el ajedrez. Por primera vez, Pedro me invita a jugar con él. Mientras jugamos me doy cuenta de que él juega muy bien y me es difícil seguir sus jugadas. Entre las victorias y derrotas seguimos jugando juntos y comentando sobre cómo se mueve cada pieza. Son pocas palabras, pero tienen mucho sentido para el par analítico. Hablamos de guerras silenciosas:

            Pedro: No puedo de ninguna manera perder a la reina porque ella es muy importante. La reina protege al rey.

            Analista: ¿Cómo?

            Pedro: Lo que pasa es que el rey es tan gordo que no se mueve; solamente anda un casillero cada vez. Pero ella protege a todo el mundo. Siempre que una pieza está en peligro ella va a ayudar. El alfil anda en diagonal, el caballo salta tres y uno, y la torre solamente anda recto (una pausa). ¡Pobrecitos los peones, que siempre están adelante, son los primeros que mueren en la guerra! 

 

            Me sorprende la explicación dada por Pedro, debido a su inteligencia y sagacidad, pero pienso que, de alguna manera, él se sentía autorizado a narrar y a pensar sobre las relaciones parentales y los lazos afectivos que atravesaban estas interrelaciones. Pedro se encontraba en la etapa de latencia y era el momento de empezar a desprenderse de la dependencia familiar y de perder los lazos con los objetos infantiles para poder entrar en el mundo de los adultos. 

            En las ponderaciones de mi analizado había señales de una relación edípica que debería ser elaborada. La violencia paterna lo llevaba a buscar en la madre el auxilio y la salvación, dificultando así la resolución del Edipo. Pedro vivía una amenaza de castración realística, con ataques verbales de su padre a la potencia y capacidad, lo que le impedía identificarse con la figura paterna, introyectar una autoridad justa y benéfica. 

            Pedro se identificaba con algunas piezas del ajedrez. Su Self evacuaba el exceso insoportable de sufrimiento psíquico en los objetos como una forma de comunicación, pero también como una manera de sobrevivencia psíquica. Los comentarios que hacía respecto de las piezas “comidas” del juego de ajedrez siempre tenían un dejo melancólico, especialmente cuando se referían a los peones: ¡Pobrecitos, ellos no pueden defenderse; alguien debería cuidarlos… pucha, ¡no deberían morirse… son tan chiquititos! Con base en su decir, le manifiesto que quizás ellos sean más fuertes de lo que piensa, y Pedro se queda pensativo.

            Después de casi dos años empieza una nueva etapa de nuestras sesiones. Parecía que el miedo había sido sustituido por la curiosidad y el coraje. Efectivamente, se había operado una expansión psíquica. En la escuela, Pedro ya sale al recreo y llega a charlar un poco con los compañeros. La mamá, incluso en oposición a la opinión del marido, incentiva a Pedro para que invite a algún amigo para jugar, lo que en verdad sucede con poca frecuencia. Pedro ahora transita con más seguridad por los afectos. Si antes le era dificilísimo el enfrentar emocionalmente la separación, el dolor y la frustración, ahora logra de manera más autónoma asumir los deseos y la identidad. Pienso que se está dando un proceso de restauración yoica.   

            Mientras tanto, siguen las entrevistas con la madre de Pedro. En cada una de ellas, la mamá permite que yo la conozca un poco más: para ella también existe un setting para acogerla. Me cuenta la pérdida de una hermana melliza en el momento de nacer y cuánto le hubiera gustado conocerla. A menudo, en las entrelíneas de conversaciones con su madre ella se daba cuenta del dolor que eso le había provocado, pero nunca habían charlado en forma franca y directa sobre el asunto. Tal como ella afirmaba: “Era un túmulo lacrado”. En el medio de estas revelaciones, percibo que había un núcleo profundo de tristeza dentro de esa mujer que, aunque se redujo con los progresos del hijo, todavía la torturaba. 

            Mi analizado ya había caminado mucho en el análisis, su identidad ahora estaba más delineada, le permitía esbozar gustos y disgustos. Pedro había jugado con varios juguetes de la sala, pero había uno al que él miraba, le daba vueltas, pero nunca se atrevía a usar: era la casa de madera, la casa de las muñecas. Pienso que algo de extraño y familiar se alojaba en capas profundas de la psiquis de Pedro provocando temor: “[] esa categoría de lo asustador que remite a lo que es conocido, antiguo y hace mucho, familiar” (Freud, 1919, p. 238). 

            Pasaron muchos meses desde el comienzo de los progresos cuando, en una sesión, Pedro sobrepasa la barrera de la angustia y del miedo, se levanta y se dirige hasta la casa de madera. Abre la casa y se aleja un poquito para observarla atentamente, abriendo una comunicación de tesitura fina, pero extremadamente profunda. 

            Pedro: La casa está repleta de gente… pero siempre falta alguien… Yo no quería que no faltara nadie, pero ellas se van. Yo no quería que estuvieran ahí, pero no quería que sucediera eso. 

            Pedro comienza a llorar bajito. Un llanto pequeñito que es sustituido por sollozos y por último, un silencio mortífero. Aunque me sentí movilizada, permanecí en silencio. Me siento a su lado, en forma solidaria. Una sensación de dolor y sufrimiento invade el setting analítico. Hubo algo que apareció, un recuerdo, un derivado mnémico desbordante de emoción. En ese preciso momento, el pasado y el presente se habían encontrado en lo efímero del tiempo analítico. El trauma volvía a presentarse en el campo, aunque ahora Pedro no estaba solo porque analista y analizado estaban juntos mediante el tiempo transferencial. 

            A partir de ese momento, en las sesiones Pedro paulatinamente empieza a interactuar con la casa y con sus habitantes; por momentos lo hace con violencia y en otras oportunidades, de manera afectiva. La espontaneidad de Pedro me da señales de que empieza a salir de su universo mortífero para retomar el proceso psíquico evolutivo simbólico. Si antes el dolor psíquico era cosificado y expulsado en el cuerpo, ahora Pedro comienza a encontrar recursos para detectar lo desconocido-familiar, para nombrar los miedos, sus monstruos, o también para concebir “lo ambiguo que hay infaliblemente en todo lo conocido”, como nos dice Bleger (1977, p. 389).

            Después de unas semanas, la madre de Pedro me solicita una sesión. Se encuentra impactada con algunas preguntas que su hijo le había hecho. “Pedro se acordó de la época en que yo lloraba mucho, y me ha preguntado el porqué de mi tristeza, si era por su causa. Entonces le conté sobre los bebés. Nunca más yo había tocado este asunto”, afirma. En las entrevistas iniciales, ella no había mencionado que tuvo mellizas en el intervalo entre los dos hijos. Habían nacido prematuras, consiguieron salir del hospital e ir a casa, pero no resistieron y fallecieron. Muy emocionada, me dice: “Fue una tristeza tan grande que yo deseaba morirme con ellas, pero tenía que cuidar de Pedro. Cada vez que él me veía llorando, iba y me consolaba. Nunca le había contado por qué lloraba, pero creo que de alguna manera él captó lo que pasaba. ¡Fue como una nube negra que pasó, pero creo que para nosotros dos nunca se fue esa nube!” 

            Tal como manifiesta Eiguer (1997), la influencia que ejerce el adulto sobre el niño es inevitable porque los padres, aunque no lo pretendan, siempre van a lanzar sus representaciones psíquicas en el niño. Sin embargo, el patrimonio familiar, grupal o de un pueblo puede llegar a constituir un elemento estructurante o mortífero. Transmitidos por medio de la relación interpsíquica entre madre-bebé-infans, mediante identificaciones inconscientes, proyectivas o introyectivas, estos contenidos son proyectados en el espacio mental del infans paralizándolo, tal como podemos observar en las transmisiones transgeneracionales, o abriendo un espacio soñante como en el caso de las intergeneracionales. 

            Al escuchar lo que ella me dice, yo pienso “en las resonancias de un trauma no elaborado en una determinada generación que aparecerán en las generaciones que le siguen en la forma de un enigma o de algo impensado”, como señala Trachtenberg (2017, p. 81). Se trata de legados transgeneracionales que no han podido ser representados y que se alojarán en construcciones subterráneas cavadas en el subsuelo de la mente, en que estarán apresados los fantasmas, los duelos, la vergüenza, la violencia y el dolor. La mamá de Pedro ha sido marcada por el dolor, por el duelo y por la culpa de la hermana natimuerta. Ella llevaba consigo el peso de un fantasma silencioso que adormecía hasta que fue revivido por la muerte de sus mellizas. La superposición de traumas ha sido excesiva para ella, lo que proyecta en su hijo todavía muy pequeño, invadiendo así la mente con una historia colapsada. 

            A partir de las confidencias que me hizo la madre de Pedro aparece la imagen de un chico que ha vivido durante toda su infancia la “patología del vacío”. O sea, se trata de una mente tal como nos cuenta André Green (1988), que ha sufrido “una desinvestidura maciza, radical y temporaria que deja marcas en el inconsciente bajo las formas de agujeros psíquicos que serán tapados por reinvestiduras, expresiones de destructividad” (p. 244). 

            Pedro, de manera inconsciente, había recibido un legado enigmático que le provocaba un terror extrañamente familiar. Sin embargo, no había lugar para que este duelo pudiera ser digerido, para que fuera mentalizado, a no ser en el propio cuerpo que, como un verdugo, lo hacía acordarse de la pérdida que había sufrido. Se trata de un proceso destructivo que fue teniendo cada vez más fuerza y la angustia le apretaba el vientre. Él evacuaba en el cuerpo y por el cuerpo la angustia de la culpa. 

            Gracias a las sesiones psicoanalíticas el objeto muerto encontró un espacio para ser llorado. Había una herida narcisista que lentamente estaba siendo cuidada, dando condiciones a la libido, que antes era desperdiciada en ataques al “soma”, de ser utilizada como expresión de vida. 

            Nuestro trabajo siguió hasta que el padre fue trasladado de su empleo a otra ciudad y se mudó junto con toda la familia. Las despedidas movilizaron al trío madre/analista/niño. En ese momento Pedro, en términos psíquicos, ya estaba más preparado para enfrentar los elementos identificatorios letárgicos y alienantes que, por su extrañeza, eran olvidados y por su familiaridad eran temidos. Pedro ya no necesitaba evacuar los terrores sin rostro por medio de una diarrea intermitente y de descargas agresivas en forma de colitis. Ya se había apropiado de los vínculos L. K. H., o sea, de lo simbólico, de la palabra y del sentimiento.

6. Consideraciones finales

La mente tiene, como condición sine qua non, la presencia de fronteras. Ya sean fronteras somato-psíquicas, intrapsíquicas o interpsíquicas, es por medio de estas líneas móviles que la psiquis se va organizando y permitiendo así que se constituya el Self. La condición de fluidez, expansión y mutabilidad de estas compuertas psíquicas le da a la mente la posibilidad de desarrollo y transformación, como también le permite la evolución de lo más primitivo e inicial a lo más abstracto y evolucionado. Sin embargo, si un “baluarte obstructivo de defensas” endurece las fronteras psíquicas, estableciendo la condición de “no-sueño”, la mente y todo su proceso evolutivo se quedarán obstaculizados, perderán la plasticidad, no tendrán la capacidad de vincularse en K. L. H., como tampoco se dará la posibilidad de transformación en “O”.

          La transmisión psíquica transgeneracional es un legado intrusivo, obstructivo y extranjero que, al igual que un objeto extraño en la mente infantil, es un elemento fundador del dolor. Estos traumatismos precisarán ser mentalizados para ser elaborados, intentando darles vitalidad a las fronteras somato-psíquicas y alivio a este sufrimiento, cicatrizando las heridas que fueron abiertas hace tantas generaciones. 

          En los dichos de Abraham & Tarok:

Todas las palabras que no han podido ser dichas, todas las escenas que no han podido ser recordadas, todas las lágrimas que no han podido ser vertidas, todas ellas serán tragadas, así como al mismo tiempo, el traumatismo, causa de la pérdida. Tragados y colocados en conserva. El duelo indivisible instala, en el interior del sujeto, una sepultura secreta […]. Se ha creado, de esta manera, todo un mundo […] inconsciente que lleva una vida separada y oculta (1995).

          Desde los comienzos, el psicoanálisis se propuso descifrar lo encriptado, decodificando lo no simbolizado, ya sea la representación de cosa o de afectos. Por medio del discurso transferencial, el proceso psicoanalítico tiene el objetivo de darle voz al sufrimiento. De un modo ambicioso y afectivo, el analista abre el canal a las angustias, miedos y culpas; fantasmas de génesis prenatal y posnatal para que surjan en la búsqueda de un contorno, de un cuerpo y de la resignificación. Julia Kristeva (2010) nos recuerda que el proceso psicoanalítico es una “historia de fe y de amor”, debido a que, “el espacio analítico es uno de los únicos lugares en que el sujeto del discurso tiene el derecho de hablar de las heridas, de buscar nuevas posibilidades de acoger y de ser acogido” (p. 12).  

          En una tentativa de explicar todavía más el aspecto destructivo del legado transgeneracional que trae lo extraño-familiar en su centro y de sus proyecciones somato-psíquicas, he presentado la trayectoria psicoanalítica de Pedro como un “heredero compulsorio” de este tipo de herencia. He hablado de un niño que, mediante lo impensable, tiene como defensa el enfermar corporalmente. Tal como nos explica Kreisler (1978): “Muchas veces el niño se comunica por medio del cuerpo debido a la falta de poder encontrar en sí mismo los medios mentales suficientes, razón invocada para afirmar que ‘no existe nada más somático que el niño’” (p. 107). 

          Usando como punto de referencia a la teoría psicoanalítica infantil fue posible, de manera cautelosa, restaurar la subjetividad fragmentada y la organización psicosomática en Pedro, el niño triste. Por medio del lenguaje del afecto y de la relación transferencial se exteriorizaron los estados afectivos en los distintos vértices, deconstruyendo la barrera y volviendo a darles flexibilidad a las fronteras. De este modo, representación y afecto han podido aparecer en forma dinámica llevando en su núcleo la fuerza de las pulsiones tanto de vida como de muerte. El cuerpo de Pedro no necesitó seguir siendo martirizado porque él descubrió la palabra, el verbo y, como señala Kristeva (2010): “El verbo puede, al contrario, tocar a cada instante la carne, ahora para el bien” (p. 16).

1 dilurzo@terra.com.br. Miembro de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de San Pablo.

2 Bion desarrolla el concepto de “capacidad negativa” a partir de los escritos de John Keats (carta a George y Thomas Keats de diciembre de 1817). La capacidad negativa consiste en el recurso de poder soportar, en el medio de las incertidumbres, el misterio y la duda, resistiendo a la dispersión, a la ansiedad y a la angustia de no saber (Bion, 1994).

Descriptores: APARATO PSÍQUICO / INFANCIA / TRANSGENERACIONAL / CASO CLÍNICO / DESORGANIZACIÓN PSICOSOMÁTICA / EDIPO / SIMBIOSIS

 

Candidato a descriptor: FRONTER

Abstract

Psychic boundaries in childhood: transgenerational and psychosomatic ruptures

The idea of border means more than a mere division and unification of different places: it consists of a dynamic and flexible spatial situation in which there is a constant conjunction, that is, a class of facts or ideas that are always present and interacting. In this clinical-theoretical study the shifting field of somatopsychic borders, as well as the psychic content that circulates through this border, are described. For this purpose, an exam is made of the psychic and bodily manifestations triggered by disturbing transgenerational psychic contents that, due to their pungency, cannot be mentalized or decoded mentally
or symbolically. The transgenerational legacy is a painful inheritance that can transcend somatopsychic boundaries.

            The psychoanalytic trajectory of a ten-year-old child is presented. A comparison of the archaic and rigid psychic layers present in the analytical dyad causes the emergence of the disturbing object with connotations of the uncanny, which Freud (1919/1996) called the “unheimlich” and the author designates “the sinister familiar”. The things the patient and his mother confided or did not confide in the analytic field revealed psychic centers of pain charged with a deadly self- and hetero-aggressiveness, externalized through paralysis of the symbolic capacity, de-mentalization and overwhelming anguish evacuated in the body.

Keywords: PSYCHICAL APPARATUS / CHILDHOOD / TRANSGENERATIONAL / CLINICAL CASE / PSYCHOSOMATIC DISORGANIZATION / OEDIPUS / SYMBIOSIS

 

Keyword candidate: FRONTIER

Resumo
Fronteiras psíquicas na infância: rupturas transgeracionais e psicossomáticas

A ideia de fronteira abrange mais do que uma simples divisão e unificação de diferentes itens, consiste em uma condição dinâmica e flexível do espaço na que há uma conjunção constante, isto é, uma classe de fatos ou ideias que estão sempre presentes e interagindo.  É do campo movediço das fronteiras somato-psíquicas que falaremos neste estudo clínico-teórico, mas também abordaremos a respeito do conteúdo psíquico que circula através desta fronteira. Para isto, analisaremos as manifestações psíquicas e corporais desencadeadas por conteúdos psíquicos perturbadores de base transgeracional que, devido a sua pungência, não conseguem ser mentalizados ou descodificados mental ou simbolicamente. O legado transgeracional é uma herança de dor que atravessa gerações e pode transpor fronteiras somato-psíquicas. Portanto, apresento a trajetória psicanalítica de um menino de dez anos. A partir do cotejamento no par analítico das capas psíquicas arcaicas e rígidas surge o objeto perturbador de conotação familiar a qual Freud (1919/1996) chama “O Sinistro”, e eu o chamarei de “sinistro familiar”. Por meio das confidências e inconfidências experimentadas no campo analítico com o paciente e a sua mãe, revelam-se centros psíquicos de dor carregados de auto e hétero agressividade mortal, que são exteriorizados através da paralisia da capacidade simbólica, da desmentalização e da angústia esmagadora evacuada no corpo.

Palavras-chave: APARATO PSÍQUICO / INFÂNCIA / TRANSGERACIONAL / CASO CLÍNICO / DESORGANIZAÇÃO PSICOSSOMÁTICA / ÉDIPO / SIMBIOSE

 

Candidato a descritor: FRONTEIRA

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